miércoles, 30 de noviembre de 2011

ROBERT ERVIN HOWARD:UN RECUERDO

El escritor Robert E. Howard, amigo y colaborador de Lovecraft, se suicidó el 11 de junio de 1936 a los 30 años de edad después de que su madre, enferma de tuberculosis, entrara en coma.Ella murió al día siguiente y ambos fueron enterrados en el cementerio de Brownwood, Texas.La repentina muerte de Howard supuso un duro golpe para Lovecraft, quien no tardó en dedicarle un escrito titulado In Memoriam: Robert Ervin Howard, unas emotivas líneas que reflejan el sincero aprecio que sentía por él.





La repentina e inesperada muerte el 11 de junio de 1936 de Robert Ervin Howard, autor de escritos fantásticos de incomparable vivacidad, constituye la peor pérdida sufrida por la literatura de lo sobrenatural desde la desaparición hace cuatro años, de Henry S. Whitehead.
El señor Howard nació en Peaster, Texas, el 22 de enero de 1906, y tenía la edad suficiente como para haber presenciado la última fase de las exploraciones de los pioneros del sudoeste, la colonización de las grandes llanuras y la parte inferior del valle del Río Grande, y la espectacular ascensión de la industría petrolera con sus abigarradas ciudades relámpago. Su padre, el cual le sobrevive, fue uno de los médicos pioneros de la región. La familia ha vivido en el sur, al este y al oeste de Texas y en la parte occidental de Oklahoma; durante los últimos años vivió en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas. Educado en la atmósfera de la frontera, Howard no tardó en llegar a ser todo un devoto de sus viriles tradiciones homéricas. El conocimiento que tenía de su historia y sus costumbres populares era muy profundo, y las descripciones y reminiscencias que contienen sus cartas privadas ilustran la elocuencia y la fuerza con las que habría llegado a conmemorarlas literariamente de haber vivido más tiempo. La familia del señor Howard pertenece a una distinguida raigambre de plantadores sureños, de descendencia escocesa-irlandesa, con la mayoría de sus antepasados establecidos en Georgia y Carolina del Norte en el siglo XVIII.
Habiendo empezado a escribir a los quince años, el señor Howard logró colocar su primer relato tres años después, mientras estudiaba en el Howard Payne College, en Brownwood. Este relato, «Spear and Fang» [Lanza y Colmillo], fue publicado en Weird Tales en julio de 1925. Una fama más amplia le granjeo la aparición de la novela corta «Wolfshead» [Cabeza de Lobo], en la misma revista, en abril de 1926. En agosto de 1928 dió comienzo a la serie de relatos en los que aparece Solomon Kane, un puritano inglés de combatividad incansable y acostumbrado a enderezar entuertos, cuyas aventuras le llevan a lugares extraños del mundo, incluyendo las ruinas llenas de sombras de ignotas ciudades primordiales de la jungla africana. Con estos relatos, el señor Howard dio con el que iba a ser uno de sus logros más efectivos, la descripción de vastas ciudades megalíticas del mundo primigenio, alrededor de cuyas oscuras torres y bóvedas laberínticas perdura un aura de miedo prehumano y nigromancia que ningún otro escritor ha logrado imitar. Dichas historias indicaron también el desarrollo de ese arte entusiástico en la descripción de combates sanguinarios que llegó a ser tan típica de su obra. Solomon Kane, como otros varios héroes del autor, fue concebido durante su adolescencia antes de que lo incorporará a relato alguno.
Durante toda su vida ávido estudioso de la antigüedad celta y otras fases de la más remota historia, el señor Howard dió inicio en 1929 (con «The Shadow Kingdom» [El Reino de las Sombras], en el número de agosto de Weird Tales) a esa sucesión de relatos sobre el mundo prehistórico por la que muy pronto llegó a ser tan famoso. Las primeras muestras describían una epoca muy distante en la historia del hombre, cuando Atlantis, Lemuria y Mu se hallaban aún sobre las olas y cuando las sombras de los hombres-serpiente prehumanos dominaban el escenario primigenio. La figura central de estos relatos era el rey Kull de Valusia. En el Weird Tales de diciembre de 1932 apareció «The Phoenix on the Sword» [El Fénix en la Espada], el primero de los relatos del rey Conan el Cimmerio, que presentaba un mundo prehistórico posterior, un mundo hace quizá unos 15.000 años, inmediatamente antes de los primeros destellos de la historia escrita. La elaborada medida y la precisa coherencia intrínseca con la que el señor Howard desarrolló el mundo de Conan en sus relatos posteriores es algo bien conocido por todos los lectores de fantasía. Para guía propia preparó un detallado esbozo casi-histórico de una inteligencia y fertilidad imaginativa infinitas.
Mientras tanto, el señor Howard había escrito muchos relatos sobre los antiguos pictos y los celtas, incluyendo una serie muy notable que giraba alrededor del jefe Bran Mak Morn. Pocos lectores llegarán a olvidar nunca el horrible y avasallador poder de esa obra maestra de lo macabro, «Worms of the Earth» [Gusanos de la Tierra], aparecida en el Weird Tales de noviembre de 1932. Fuera de las series interconectadas existen otras historias llenas de fuerza, incluyéndose entre ellas la memorable novela por entregas «Skull-Face» [Rostro de Calavera], y algunos inolvidables relatos situados en un ambiente moderno, como «Black Canaan» [Canaan Negro], con su telón de fondo regional lleno de autenticidad y su poderosamente absorbente imágen del horror que acecha a través de los pantanos del profundo sur norteamericano, llenos de sombras malditas, infestados de serpientes, convertidos en impenetrables por el musgo.
Fuera del campo de la fantasía, el señor Howard era sorprendentemente prolífico y versátil. Su gran interés por los deportes (algo conectado quizá por el conflicto y la fortaleza de lo primitivo) le llevo a crear a su héroe, el boxeador profesional «Marinero Steve Costigan», cuyas aventuras en lugares lejanos y exóticos deleitaron a los lectores de muchas revistas. Sus novelas cortas sobre combates en el Oriente demostraron hasta el máximo su dominio del romanticismo a capa y espada, en tanto que sus cuentos cada vez más frecuentes sobre la vida en el oeste (tales como las series de «Breckinridge Elkins») mostraban su creciente habilidad e inclinación a reflejar los lugares con los que se hallaba directamente familiarizado.
La poesia del señor Howard (extraña, belicosa y aventurera) no era menos notable que su prosa. Poseía el auténtico espíritu de la balada y la épica, y se hallaba marcada por el latido de la rima y una poderosa imaginería del temple más inconfundible y personal. La mayor parte de ella, en forma de supuestas citas de viejos escritos, sirvió para encabezar los capítulos de sus novelas. Es lamentable que no haya aparecido nunca publicada una recopilación de su poesía, y es de esperar que tales obras sean recopiladas y publicadas de modo póstumo.
El carácter y las dotes del señor Howard eran absolutamente únicos. Era, por encima de todo lo demás, un amante del mundo más sencilo y antiguo de los bárbaros, y de la época de los pioneros, cuando el coraje y la fortaleza ocupaban el lugar de la sutileza y la estratagema, y cuando una raza osada y carente de todo temor batallaba y sangraba, sin pedirle cuartel a la naturaleza hostil. Todos sus relatos reflejan su filosofía, haciendo derivar de ella una vitalidad que puede hallarse en muy pocos de sus contemporáneos. Nadie más que él podía escribir de modo más convincente acerca de la violencia y las matanzas, y sus pasajes bélicos relevan una aptitud instintiva para las tácticas militares que podrían haberle llevado a distinguirse en tiempos de guerra. Sus verdaderos dones eran aún más elevados que los que se pueden llegar a sospechar los lectores de sus obras publicadas, y, de haber vivido, le habrían ayudado a dejar su huella en la más seria de las literaturas, con alguna obra de épica popular acerca de su amado suroeste.
Es difícil describir lo que hizo destacar con tal agudeza a las historias del señor Howard; pero el auténtico secreto radica en que en cada una de ellas está él mismo, ya fueran ostensiblemente comerciales o no. Él era más grande que cualquier política para obtener beneficios que pudiese llegar a adoptar, pues incluso cuando de puertas afuera hizo concesiones a los editores guiados por Mammón y a los críticos comerciales, poseía una fortaleza y una sinceridad que llegaban a aflorar en la superficie y que ponían la huella de su personalidad en todo lo que escribió. Rara vez, si es que hubo alguna, creó un personaje o una situación corrientes, sin vida, y los dejó como tales. Antes de que hubiese terminado con ellos, siempre adquirían algún matiz de vitalidad y de realidad a pesar de la política editorial de las publicaciones populares..., siempre sacaban algo de su propia experiencia y conocimiento de la vida en vez de hacerlo del estéril herbario de los lugares comunes resecos de la literatura «pulp». No sólo sobresalía en las imágenes de contienda y masacre, sino que se hallaba casi igualmente sin rival en su habilidad para crear auténticas emociones de miedo espectral y terrible suspense.
Ningún autor, ni en los campos más humildes, puede llegar realmente a descollar a menos que se tome muy en serio su trabajo, y el señor Howard hizo exactamente eso hasta en los casos en los que, conscientemente, pensó no hacerlo. Que tan genuino artista haya perecido, en tanto que centenares de escritorzuelos sin la más mínima sinceridad siguen fabricando fantasmas espúreos, vampiros, naves espaciales y detectives ocultistas, es, ciertamente, una muestra lamentable de ironía cósmica.
El señor Howard, familiarizado con muchos aspectos del vida del sudoeste, vivía con sus padres en una zona semirural del pueblo de Cross Plains, en Texas. Escribir era su única profesión. Sus gustos en cuanto a lectura eran amplios e incluían investigaciones históricas en campos tan dispares como el suroeste, la Gran Bretaña prehistórica, amén de Irlanda, y el mundo prehistórico oriental y africano. En la literatura prefería lo viril a la sutileza, y repudiaba el modernismo de modo devastador y absoluto. El difunto Jack London era uno de sus ídolos. En lo político era liberal, y un acérrimo enemigo de toda forma de injusticia cívica. Sus diversiones básicas eran los deportes y viajar, diversión esta última que siempre daba pie a deliciosas cartas descriptivas llenas de reflexiones históricas.
El humor no era su especialidad, aunque poseía, por un lado, un agudo sentido de la ironía, y, por otro, estaba dotado de abundantes provisiones de cordialidad, alegría y jovialidad. Aunque poseía numerosos amigos, el señor Howard no pertenecía a ninguna capilla literaria y aborrecía todos los cultos centrados en torno a la afectación «artística». Sus admiraciones se dirigían más bien hacia la fortaleza del cuerpo y el carácter que hacia las proezas eruditas. Mantenía una interesante y voluminosa correspondencia con sus colegas escritores del campo fantástico, pero no llegó a encontrarse más que con uno de ellos en persona, E. Hoffmann Price, cuyos logros y talento le impresionaron profundamente.
El señor Howard medía casi un metro ochenta y tres centímetros, y poseía la impresionante estructura de un luchador nato. Era muy moreno, salvo en sus ojos, azules de tipo céltico. Y en los años más recientes su peso oscilaba siempre alrededor de los noventa kilos. Siempre seguidor de una vida esforzada y llena de pruebas, a menudo hacía recordar a su propio y famoso personaje, el intrépido guerrero, aventurero y conquistador de tronos por la fuerza, Conan el Cimmerio.
Su pérdida, a los treinta años de edad, es una tragedia de primera magnitud, y un golpe del que la ficción fantástica tardará en recobrarse. La biblioteca del señor Howard ha sido cedida al Howard Payne College, donde formará el núcleo de la colección de libros, manuscritos y cartas Memorial Robert E. Howard.

martes, 29 de noviembre de 2011

H.P.LOVECRAFT.CONTRA EL MUNDO.CONTRA LA VIDA.



El poeta, escritor y ensayista francés Michel Houllebecq (n.1956)escribió en 1991 un ensayo titulado H.P.Lovecraft.Contra el mundo.Contra la vida (H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie),publicado en castellano por Siruela en 2006.Esta obra de unas 126 páginas resulta interesante en su análisis del estilo literario de Lovecraft o de los fragmentos más llamativos de sus obras, pero gana enormemente en interés cuando ahonda en la vida privada del autor, rebuscando entre sus cartas, sus notas y el testimonio de quienes lo conocieron.Aunque pretende ser una biografía de Lovecraft, se acerca más al estudio literario de su obra.Con este ensayo,Houellebecq te convence de algo así como que no es difícil llevar el pensamiento lovecraftiano dentro de ti.Valga como muestra la cita con la que inicia el libro: “Quizás haya que haber sufrido mucho para apreciar a Lovecraft“-Jacques Bergier.
En definitiva, una obra imprescindible para comprender el pensamiento de Lovecraft y su manera de entender el mundo y los miedos que le rodeaban.

MÁS CAMISETAS DE LOVECRAFT

En la web de Edge Entertainment he encontrado nuevas camisetas ( http://www.edgeent.com/v2/edge_minisite.asp?eidm=94&enmi=H.P.%20Lovecraft )
con sugerentes diseños de Lovecraft, para todos aquellos amantes del terror sobrenatural.Como afirman en la misma web,"¡Moda sectaria para ambientes arcanos!"Encontramos una en color negro con un retrato del escritor:


También tenemos otra con una portada del blasfemo Necronomicón:


Y otra con una imagen de una persona en una calle vacía con el lema LOVECRAFT ARKHAM:

EL DÍA DE WENTWORTH

El día de Wentworth (Wentworth's Day) es un relato de terror del escritor August Derleth, escrito en colaboración con Lovecraft, y publicado en la colección de cuentos fantásticos de 1957 El superviviente y otros (The Survivor and Others).En realidad,como gran parte de los cuentos indicados como colaboración entre Derleth y Lovecraft, el primero se dedicó a desarrollar una historia completa a partir de anotaciones del autor de Providence.



Al norte de Dunwich hay un vasto territorio abandonado que, tras sucesivas ocupaciones por gente de Nueva Inglaterra, canadienses de origen francés que vinieron después de ellos, italianos, y finalmente polacos, ha recuperado en gran parte su estado salvaje. Los primeros habitantes vivieron de la tierra pedregosa y de los bosques que, entonces, cubrían aquella tierra. Pero no se cuidaron de repoblarla, ni de conservar sus recursos, y las generaciones sucesivas acabaron con la poca riqueza que quedaba. Los que vinieron después, pronto se cansaron de intentar hacerla fértil y se marcharon a otros lugares.

Es una parte de Massachusetts que no atrae demasiado a la gente. Las casas que un día se levantaron orgullosas están hoy tan abandonadas que resultaría imposible vivir en la mayoría de ellas con una cierta comodidad. En las laderas menos abruptas quedan algunas granjas con tejados a la holandesa, viejos edificios que, encaramados sobre plataformas rocosas, meditan acerca de los secretos de muchas generaciones de Nueva Inglaterra; pero las huellas del abandono se ven por todas partes: En las desmoronadas chimeneas, en las abombadas paredes, en las ventanas rotas de las casas y los establos. Varias carreteras cruzan aquel territorio, pero nada más desviarse de la general, que atraviesa el gran valle al norte de Dunwich, se encuentra uno con caminos que no son más que senderos, tan poco utilizados como la mayoría de las casas del territorio.

Se respira en este lugar una inconfundible atmósfera de vejez y soledad, pero también de maldad. Existen zonas de bosque jamás tocadas por el hacha; existen sombrías cañadas con enredaderas y arroyos sumidos en una oscuridad ininterrumpida, incluso en días de deslumbrante sol. En todo el valle hay pocas señales de vida, aunque existen unos cuantos habitantes recluidos en algunos de las granjas ruinosas. Incluso los halcones que vuelan a lo lejos en las alturas, nunca se entretienen demasiado en el lugar, y las grandes bandadas de cuervos atraviesan el valle sin descender a buscar una presa. Hace mucho tiempo tenía fama de ser un territorio en el que se practicaba el “Exrey” -ceremonias religiosas dedicadas supersticiosamente a las brujas-, y aún en la actualidad perdura esa triste fama. No es territorio para detenerse en él demasiado tiempo, ni tampoco el más apropiado para atravesarlo de noche. Pero fue precisamente de noche, en el verano de 1927, cuando hice mi último viaje al valle, a la vuelta de Dunwich, adonde había ido a llevar una estufa. No hubiera pasado por la zona situada al norte del pueblo abandonado de no haber tenido que hacer otra entrega, y al caer la tarde decidí internarme en el valle en lugar de rodearlo para alcanzar el otro extremo. La poca luz que había alumbrado Dunwich era ya prácticamente nula al llegar al valle, y pronto oscurecería por completo: El cielo estaba nublado por unas nubes muy bajas, casi a la altura de las colinas, de modo que me encontraba, por así decirlo, en una especie de túnel. Muy poca gente transitaba por aquella carretera: Podían tomarse otras para llegar al otro lado del valle, y estaba ésta tan abandonada, y los matorrales tan crecidos, que pocos conductores se arriesgaban a utilizarla.

Todo habría ido bien, puesto que la carretera me llevaba en línea recta hasta mi punto de destino, y no había necesidad de abandonar la carretera general, de no haber sido por dos hechos inesperados. Empezó a llover poco después de dejar Dunwich. Había estado muy nublado durante toda la tarde, y ahora por fin se abrió el cielo y empezó a diluviar. La carretera brillaba bajo las luces de mi coche, y esas luces pronto iluminaron algo más. Había recorrido unas quince millas cuando me tropecé con una pequeña barrera en la carretera cuya señal me obligaba a desviarme. Más allá de la barrera se podía ver que la carretera estaba tan destrozada y en tan mal estado que era imposible circular por ella.

Me desvié con cierto recelo. Si hubiera hecho caso a mi impulso de volver a Dunwich para coger otra carretera, me habría librado de las malditas pesadillas que desde aquella noche de horror me han inquietado. Pero no lo hice. Había recorrido demasiado camino como para perder el tiempo volviendo a Dunwich. La lluvia seguía cayendo torrencialmente, y era arduo y penoso conducir. Me desvié de la carretera y enfilé un camino cubierto parcialmente con gravilla. Habían limpiado los bordes y cortado ramas y árboles para hacer transitable el desvío, pero poca cosa habían hecho por la carretera en sí, y la los pocos metros, llegué al convencimiento de que iba a tener problemas. La carretera empeoraba progresivamente a causa de la lluvia; mi coche, a pesar de ser un Ford muy duro, con ruedas relativamente altas y estrechas, se hundía y marcaba el hendido de sus huellas a su paso y, de cuando en cuando, se metía en grandes charcos de agua, lo que ocasionó los primeros fallos del motor.

Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que el agua entrase en el motor e hiciera que se parase del todo, así que me puse a buscar por los alrededores alguna señal de vida, o por lo menos algún cobijo para el coche y para mí. Conociendo la soledad de este valle hubiera preferido un establo abandonado, pero en la oscuridad era imposible distinguir algo más que siluetas. Finalmente llegué hasta el pálido recuadro de luz de una ventana, no lejos de la carretera. Los faros del coche me permitieron encontrar el camino que llevaba hasta la casa. Al entrar pasé cerca del buzón con el nombre del dueño toscamente pintado; estaba algo borroso, pero aún podía leerse: Amos Stark. Los faros del coche iluminaban la vivienda, y pude ver que se trataba de una casa antigua, una de esas casas que incluían todo -casa, establo, cocina- en un único bloque, con tejados de diferentes alturas. Afortunadamente el establo estaba abierto a la intemperie, y al no encontrar otro refugio para el coche, lo metí bajo el cobertizo. Esperaba hallar vacas y caballos, pero se percibía una atmósfera de abandono, y no había vacas ni caballos, y el heno que impregnaba el ambiente con el aroma de viejos veranos debía de llevar allí varios años.

No me entretuve en el establo, y me dirigí a la casa a través de la lluvia. Por lo que se podía observar desde el exterior, la casa parecía tan abandonada como el establo. Era de una sola planta con una galería baja a la entrada; no tardé en descubrir que el suelo estaba lleno de negros agujeros donde una vez hubo tablones de madera.

Encontré la puerta y llamé. Durante un largo rato no escuché otro sonido que el de la lluvia que caía sobre el techo de la galería y luego sobre los charcos que había debajo. Golpeé la puerta otra vez y alcé la voz para decir:

-¿Hay alguien en la casa?

Entonces una trémula voz que venía del interior preguntó:

-¿Quién es?

Dije que era un vendedor que buscaba guarecerme de la lluvia. La luz empezó a moverse en el interior, al compás de alguien que portaba la lámpara. La ventana se ensombreció, y una línea amarilla cada vez más intensa asomó por debajo de la puerta. Se oyó el sonido de candados y cerrojos, y entonces se abrió la puerta, y apareció mi anfitrión ante mí, con la lámpara en alto; tenía aspecto de hechicero, con una barba desigual que le cubría el cuello. Llevaba gafas, pero me miraba por encima de ellas. Tenía el pelo blanco y los ojos negros; al verme, abrió los labios en una especie de sonrisa animal y me enseñó los pocos dientes que tenía.

-¿El señor Stark? -pregunté.
-Le ha pillado la tormenta, ¿eh? -me dijo-. Pase adentro y séquese. No creo que la lluvia vaya a durar mucho.

Le seguí hacia el cuarto interior desde donde se había dirigido a la entrada. Primero había cerrado la puerta con candados y cerrojos, cosa que me llenó de inquietud. Debió haber notado mi mirada inquisitiva, puesto que tras depositar la lámpara sobre un libro que había en la mesa de la habitación, se dio la vuelta y dijo con una risotada fría:

-Es el día de Nahum Wentworth. Pensé que sería Nahum.

La risotada decayó hasta convertirse en espectro de una risa.

-No señor, mi nombre es Fred Hadley. Soy de Boston.
-No he estado nunca en Boston -dijo Stark-. Nunca he ido más allá de Arkham. El trabajo de la tierra me retiene aquí.
-Me he tomado la libertad de dejar el coche debajo de su cobertizo. Espero que no le importe.
-A las vacas no les importará -se rió de su propia broma, pues sabía perfectamente que no había vacas en su establo-. Yo no conduciría uno de esos cacharros de ahora, pero ustedes, la gente de ciudad, ya se sabe. No pueden vivir sin automóvil.
-No me imaginaba que se me notase que era un hombre de ciudad -dije, con ánimo de seguirle la corriente.
-Puedo distinguir a un hombre de ciudad al primer golpe de vista. De vez en cuando se instala alguno en el distrito, pero pronto se van; supongo que esto no les gusta. Nunca he estado en una gran ciudad. De todas maneras, creo que no me gustaría.

Siguió divagando de esta forma durante tanto tiempo que pude dedicar mi atención a observar cuanto me rodeaba, y a hacer una especie de inventario de la habitación. Por aquel entonces, cuando no me hallaba al volante en la carretera, pasaba el tiempo en el almacén de Boston, y había pocos con tanta práctica como yo para inventariar cuanto veía; de modo que no me llevó tiempo hacer el inventario de la habitación de Amos Stark, y ver que estaba llena de cosas por las que un anticuario pagaría bien. Había muebles de hacía casi dos siglos, si no me equivocaba, y bonitos adornos, cristalería y porcelana de Abby Land en un rincón. Y había piezas hechas a mano -badilas, tinteros de madera con tapón de corcho, candelabros, un atril-, como aquellas que se encontraban en las casas de Nueva Inglaterra de hace varias décadas, lo que también evidenciaba que la casa se mantenía en pie desde hacía muchos años.

-¿Vive usted solo, señor Stark? -le pregunté interrumpiéndole.
-Ahora sí. Antes estaban Molly y Dewey. Abel se fue cuando era un niño, y Ella murió de una pulmonía. Estoy solo desde hace cerca de siete años.

Mientras hablaba, pude observar en él un aire de espera, como si estuviera pendiente de algo. Parecía estar constantemente a la escucha de algún sonido distinto del de la lluvia. Pero no se oía nada; sólo el crepitante ruido de un ratón que mordisqueaba en alguna parte de la vieja casa; nada más que eso y la incesante lluvia. El seguía escuchando, con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos empequeñecidos como si le molestase la luz de la lámpara. En su cabeza brillaba la calva de la coronilla, rodeada de un estrecho círculo de pelo blanco y alborotado. Tendría unos ochenta años, quizá eran sólo sesenta y la vida de reclusión le había envejecido.

-¿No vio a nadie en la carretera? -preguntó de repente.
-De Dunwich aquí no me tropecé con nadie. Cerca de diecisiete millas, creo.
-Media milla más o menos -dijo. Y empezó de nuevo con sus risotadas, mostrando un regocijo que ya no podía contener-. Hoy es el día de Wentworth, Nahum Wentworth -sus ojos se empequeñecieron de nuevo por un instante-. ¿Ha sido vendedor por esta zona durante mucho tiempo? Tiene que haber conocido a Nahum Wentworth.
-No señor. No lo conozco. Me dedico a vender en las ciudades, muy pocas veces en el campo.
-Casi todo el mundo conocía a Nahum -continuó-. Pero ninguno le conocía tan bien como yo. ¿Ve aquel libro de allí? -señaló un libro forrado con papel, que se apreciaba difusamente a causa de la mala iluminación-. Es el Séptimo Libro de Moisés. Se aprende más en él que en cualquier otro libro que haya visto jamás. Era el libro de Nahum.

Se rió de algún recuerdo y prosiguió:

-Oh, ese Nahum era un tipo extraño. Y además malo y mezquino. No me explico cómo no llegó a conocerle.

Le aseguré que nunca, hasta entonces, había oído hablar de Nahum Wentworth. Pero empecé a sentir curiosidad por él, y mi curiosidad aumentó todavía más al ver que era dado a la lectura del Séptimo Libro de Moisés, una especie de Biblia para brujos que ofrecía todo tipo de hechizos y encantamientos. Un libro que deleitaba a todo aquel lector lo suficiente ingenuo para creer en su veracidad. Vi también, dentro del círculo alumbrado por la lámpara, algunos otros libros conocidos: Una Biblia, igual de vieja que el libro de magia, una selección de las obras de Cotton Mather, y unos ejemplares del “Arkham Advertiser” encuadernados en un solo volumen. Quizá éstos también pertenecieron en su día a Nahum Wentworth.

-Veo que esté mirando sus libros -observó mi anfitrión, como si me hubiera adivinado el pensamiento-. Dijo que podía quedármelos; y los cogí. Buenos libros. Sólo que necesito gafas para leerlos. Puede mirarlos si lo desea. Se lo agradecí, y le recordé que me estaba hablando de Nahum Wentworth.
-¡Oh, ese Nahum! -dijo en seguida, y se rió de nuevo-. No creo que me hubiese dejado todo ese dinero de saber lo que le ocurriría. No señor, no creo que lo hubiese hecho. Y sin un recibo, ni nada. Eran cinco mil. Y me decía que no necesitaba pagaré o papel alguno, de modo que no existían pruebas de que hubiese tomado ese dinero, ninguna, sólo nosotros dos lo sabíamos, y fijamos una fecha de pago, un día, cinco años más tarde, para que viniese a buscar su dinero. Cinco años, y este es el día, hoy es el día de Wentworth.

Hizo una pausa, y me dirigió la mirada con unos ojos alegres que reflejaban un regocijo contenido, y al mismo tiempo, sombríos, porque también reflejaban miedo.

-Sólo que él no puede venir, porque dos meses escasos después de ese día, le mataron en una cacería. Un tiro en la nuca. Un accidente. Por supuesto hubo quien murmuró que el disparo había sido mío, pero tuvieron que callarse, porque me fui directamente a Dunwich, al banco, donde hice y deposité un testamento para que su hija, la señorita Genie, heredase todo a mi muerte. Y no fue un testamento secreto. Se lo hice saber a todos para que dejasen de hablar tanta tontería.
-¿Y el préstamo? -no pude evitar la pregunta.
-El plazo no vence hasta la medianoche de hoy -dijo con su risa entrecortada-. Y no parece que Nahum pueda ahora cumplir con su cita, ¿verdad? Supongo que si no viene, el dinero será mío. Y no puede venir. De lo cual me alegro, porque no lo tengo.

No pregunté por la hija de Wentworth, ni de cómo le iba. A decir verdad, comenzaba a sentir el cansancio del día, después de tantas horas de coche y lluvia. Mi anfitrión debió de notarlo, pues se calló, me observó, y luego me preguntó, después de una pausa que me pareció bastante larga:

-Tiene mala cara. ¿Está cansado?
-Me temo que sí. Pero me marcharé en cuanto amaine un poco la tormenta.
-Le diré una cosa. No tiene necesidad de quedarse aquí sentado escuchándome. Le daré otra lámpara, y puede ir a recostarse en el sofá que hay en la otra habitación. Si deja de llover, le llamaré.
-No quiero quitarle su cama, señor Stark.
-Me acuesto tarde por las noches -dijo.

Habría sido inútil protestar. Se había puesto de pie para encender otra lámpara de petróleo, y minutos después me llevaba a la habitación donde estaba el sofá. De paso cogí el Séptimo Libro de Moisés, movido por la curiosidad de las maravillosas cosas que, según había oído contar, en él se hallaban; aunque mi anfitrión me miró de un modo extraño, no hizo ninguna objeción, y volvió a su mecedora de mimbre en el cuarto de al lado, sin importunarse. Afuera seguía lloviendo torrencialmente. Me acomodé en el sofá, un mueble anticuado, cubierto con una extraña pieza de cuero y con un respaldo alto. Acerqué más la lámpara, porque su luz era muy tenue, y empecé a leer el Séptimo Libro de Moisés. Pronto me di cuenta de que era un interesante batiburrillo de hechizos y conjuros que apelaban a ‘príncipes’ de los infiernos, como Aziel, Mefistófeles, Marbuel, Barbuel, Aniquel, y otros. Los hechizos eran de varios tipos; unos para curar enfermedades, otros para conceder deseos; algunos con objeto de alcanzar el éxito en las empresas, y otros para vengarse de los enemigos. A menudo se preveía al lector de lo maléfico de algunas expresiones, con tanta insistencia que quizá por ello precisamente tomé nota de la peor de ellas, a la vez que la que más me llamó la atención -Aila himel adonaij amara Zebaoth cadas yeseraije haralius-, que era nada menos que el hechizo para reunir a todos los demonios y espíritus, o para revivir a los muertos.

Una vez copiada, no dudé en repetirla varias veces en voz alta, sin esperar que ocurriese nada malo. Y así fue. Cerré el libro y miré el reloj. Las once. Parecía que llovía menos ahora; la lluvia no era tan torrencial; había comenzado ese aminoramiento que siempre anuncia el final próximo de una tormenta. Observé bien la habitación para no tropezar con algún mueble cuando regresara a la habitación donde estaba mi anfitrión, apagué la luz y me dispuse a descansar un rato antes de ponerme otra vez en la carretera. Pero a pesar de mi fatiga, no lograba descansar. No se debía sólo a que el sofá era duro y frío, sino también a que la atmósfera de la casa me oprimía. Al igual que su dueño, había en ella un no sé qué de resignación. Parecía esperar lo inevitable, como si ella también supiese que antes o después sus cimientos batidos por el viento harían abrirse las paredes, se hundiría el techo y se pondría fin a su precaria existencia. Pero había algo más que esta atmósfera común a todas las casas viejas: Era una resignación mezclada con aprensión, la misma aprensión que había hecho titubear al viejo Amos Stark cuando llamé a la puerta; y pronto me encontré escuchando, al igual que Stark, algo más que aquel goteo de la lluvia menguante y aquel incesante roer de los ratones.

Mi anfitrión no se estaba quieto. A cada rato se levantaba de la silla; le oía deslizarse de un lado a otro: Ahora a la ventana, ahora a la puerta. Iba a mirarlas, se aseguraba de que estaban cerradas y volvía a sentarse. Algunas veces murmuraba entre dientes. Quizá había vivido demasiado tiempo solo y había caído en el hábito, común a las personas solitarias, de hablar consigo mismo. Casi todo lo que decía era incomprensible, apenas audible, pero en un momento dado logré captar algunas palabras. Me di cuenta entonces que una de las cosas que ocupaban su mente eran los intereses del préstamo que debía a Nahum Wentworth, caso de que fueran reclamados. “Ciento cincuenta dólares al año vienen a ser setecientos cincuenta”, decía en tono que denotaba espanto. Añadió algo más respecto a lo mismo, y luego algunas palabras sueltas que me preocuparon más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Después de atar ciertos cabos, algo que había dicho el viejo me resultaba incómodo. Y sin embargo, no había dicho nada más que “Me caí”, había farfullado, y después siguieron una o dos frases más sin sentido.

“Eso fue todo”. Y de nuevo una retahíla de palabras incomprensibles. “Se disparó en un santiamén.” Más palabras sin sentido o inaudibles. “No sabía que apuntaba a Nahum”. A continuación farfulló otra vez sin que se le entendiese nada. Quizá al viejo le aguijoneaba su conciencia. En verdad, la triste resignación de la casa era suficiente para invitar al viejo a rememorar sus más negros recuerdos. ¿Por qué no habría seguido a los otros habitantes del valle cuando se marcharon de aquel territorio? ¿Qué le había impedido hacerlo?

Había dicho que estaba solo, y por supuesto estaba solo en el mundo al igual que en la casa. De otro modo, no hubiera habido razón alguna para convertir a la hija de Nahum Wentworth en su heredera. Sus zapatillas se arrastraban por el suelo. Sus dedos removían papeles. Fuera, los pájaros engañapastores empezaban a oírse, señal de que en algunas partes el cielo empezaba a clarear; y pronto sonó una algarabía de ellos, suficientes para ensordecer a un hombre. Escuché a mi anfitrión. “Oigan a los engañapastores. Están llamando a un alma. Clem Whateley se está muriendo.” Al disminuir el ruido de la lluvia, el de los engañapastores aumentaba en volumen, pero pronto me adormecí y caí en un leve sueño.

Me aproximo a una parte de mi historia que me hace poner en duda la fidelidad de mis sentidos, puesto que al mirar hacia atrás pienso que algo así es imposible que ocurra. Muchas veces, ahora, pasados los años, pienso si no habrá sido todo un sueño. Pero conservo aún algunos recortes de periódicos que prueban que no ha sido así: Recortes que hablan de Amos Stark, de su legado a Genie Wentworth y, lo más extraño de todo, del infernal destrozo de una tumba medio olvidada en una colina de aquel valle maldito. No había dormido mucho cuando de pronto me desperté. Había dejado de llover, pero los engañapastores se habían acercado a la casa y su algarabía era ensordecedora. Algunos de los pájaros estaban debajo de la ventana donde me encontraba, y el techo de la galería debía estar cubierto por estas criaturas nocturnas. No cabe duda de que fue su clamor el que me despertó de ese ligero sueño en el que había caído. Esperé un momento a despabilarme, y luego me incorporé: Había dejado de llover y me sería más fácil conducir; ya no corría peligro de pararse el motor de mi coche. Pero nada más ponerme en pie, alguien golpeó la puerta de la calle. Me senté, inmóvil, sin hacer ruido, y sin escuchar ningún ruido de la otra habitación. Golpearon de nuevo, esta vez con más fuerza.

-¿Quién es? -preguntó Stark.

No hubo respuesta. Vi moverse una luz y pude escuchar la triunfante exclamación de Stark: “¡Ya ha pasado la medianoche!” Había mirado su reloj, y al mismo tiempo miré yo el mío. El suyo estaba adelantado diez minutos. Fue a abrir la puerta. Adiviné que dejaba la lámpara en el suelo para poder quitar los candados. No podía saber si pensó en volver a cogerla, como había hecho cuando me abrió a mí. Oí que alguien abría la puerta: Él u otra persona.

Y entonces resonó un terrible alarido, el grito de Amos Stark, preso de furia y terror: “¡No! ¡No! ¡Vete! No lo tengo, no lo tengo, te digo. ¡Vete!” Tropezó y se cayó, y casi inmediatamente pude escuchar un grito sofocado, el ruido de una respiración entrecortada, el murmullo de un suspiro…

Me puse en pie y me dirigí hacia la puerta de esa habitación. Entonces, por un momento me quedé clavado, incapaz de moverme, de gritar, ante el espeluznante espectáculo que presenciaron mis ojos. Amos Stark estaba tendido en el suelo, boca arriba, y sentado a horcajadas sobre él, un esqueleto, con sus huesudos brazos sobre la garganta, sus dedos en el cuello. Y detrás del cráneo, los destrozados huesos por donde una vez penetró una bala. Esto vi en ese terrible momento. Luego, afortunadamente, me desmayé.

Cuando recobré el sentido algo después, todo estaba en silencio en la habitación y la casa llena del húmedo aroma de la lluvia que entraba por la puerta abierta. Fuera, los engañapastores aún cantaban y el reflejo de la luna se extendía en el suelo como pálido vino blanco. La lámpara todavía alumbraba, pero mi anfitrión no se encontraba en su silla. Yacía en el mismo sitio donde lo había visto por última vez, en el suelo. Mi impulso, en aquel momento, fue escapar de aquella horrible escena lo antes posible. Un sentimiento de piedad me hizo acercarme a Amos Stark, para asegurarme de que no había nada que hacer. Fue esa desdichada pausa la que me trajo el momento de mayor terror, terror que me hizo huir de aquel lugar maldito como si me persiguiesen todos los demonios. Porque cuando me incliné sobre él, para asegurarme de que estaba muerto, pude ver incrustados en la descolorida piel de su cuello los blanquecinos huesos de los dedos de un esqueleto humano, y, mientras los observaba, los huesos sueltos se separaron del cuello, y se alejaron del cuerpo, corriendo por el pasillo y adentrándose en la noche para reunirse con el espantoso visitante que había acudido desde su tumba a la cita con Amos Stark.

lunes, 28 de noviembre de 2011

ARKHAM HORROR



Arkham Horror es un juego de mesa diseñado por Richard Launius, publicado originalmente en 1987 por la compañía estadounidense Chaosium, y revisado recientemente por Fantasy Flight Games,en concreto en 2007 (en España por Edge Entertainment). En ambas ediciones, los jugadores adoptan el papel de investigadores en la ciudad ficticia de Arkham,Massachusetts, en el año 1926. En el transcurso del juego, estos se enfrentan a la aparición de monstruos y a la apertura de "portales" a mundos extraños. El objetivo del juego consiste en huir o luchar contra estas criaturas e introducirse en los portales para explorarlos y poder cerrarlos,y evitar la aparición de un poderoso ser alienígena que destruya la ciudad y el mundo.La primera edición de 1987 ganó el premio Origins al mejor juego de mesa de fantasía o terror.Aquí os dejo el enlace a la web oficial en español: http://www.edgeent.com/v2/edge_minisite.asp?eidm=28

CTHULHU (2007)



Cthulhu es una película estadounidense de terror de 2007 dirigida por Dan Gildark y protagonizada por Tori Spelling,Cara Buono y Jason Cottle, entre otros, basada en parte en el relato La sombra sobre Innsmouth (1931) de Lovecraft. Los guionistas cambiaron el lugar donde transcurre la historia de Nueva Inglaterra al Noroeste del Pacífico, e intrdujeron a un protagonista gay.La película se estrenó el 14 de junio de 2007 en el Festival Internacional de Cine de Seattle.
El argumento gira sobre un joven profesor de historia,Russ, que es llamado por su hermana para ejecutar la herencia de su difunta madre y viaja a un pueblo de Oregon donde se reúne con Mike,un amigo de la infancia, y con su padre, el carismático líder de un culto de la New Age. Mientras explora los lugares y recuerdos de su niñez, Russ entra en un almacén, donde cientos de nombres figuran en las paredes. Un empleado de una tienda de licores se ofrece para ayudarle a encontrar a su hermano, quien Russ cree que ha sido tomada por el extraño culto. El terror se desata cuando Russ descubre que dicho culto tiene la intención de tomar el mundo por medio de criaturas antropomorfas que habitan en el mar. Aquí os dejo el trailer en inglés.

OTRA VEZ

Hoy os dejo un brevísimo cuento que escribí hacia el año 2002, o sea, cuando tenía 17 años, muy influenciado por el famoso poema El Cuervo(1845)de Edgar Allan Poe.En breve os iré dejando algunos de los relatos que he escrito y,que de momento, no he tenido oportunidad de publicar.



Otra vez.
Esta noche ha vuelto, como siempre, con su oscura silueta de mal agüero.Todas las noches viene a mi ventana y entre las cortinas, contra el limpio cristal plateado, bajo la atenta mirada de la pálida luna, el cuervo revolotea nervioso, graznando con áspera voz de viejo.
Otra vez. Con sus plumas de azabache, sus ojos vidriosos, su cuerpo frágil y feo, sus alas negras como la noche, su pico de carbón...Otra vez.
Yo leía bajo la débil luz de una lámpara, arropado en el silencio pueblerino de la noche, cuando el aleteo, el espantoso aleteo del cuervo, me atrajo a la ventana, entreabierta para dejar pasar el fresco. Abrí la ventana y me lo encontré en el alféizar, escrutándome con sus malévolos ojos sin vida, pero brillantes de...¿inteligencia? Un escalofrío me recorrió la espalda, como una corriente eléctrica, y con cierto miedo me retiré de la ventana, mientras el cuervo, el maldito y condenado cuervo, otra vez, graznó tres veces y echó a volar recortándose contra la blanca luna.Caí al suelo sudando de pavor, estremecido, otra vez, mientras en mis retinass quedaron grabados los ojos como pozos del ave agorera. Y otra vez, como cada noche, a modo de amenaza o de advertencia, el cuervo graznó a lo lejos, pero pareció que el pajarraco estaba junto a mi oído,tan claro escuché sus graznidos.
Esta noche veraniega, mientras escribo estas desesperadas líneas, solo y atemorizado, aguardo con aprensión el fatal momento en el que el cuervo,con su silueta infernal, con su aleteo misterioso vuelva a raspar la ventana, a llamarme con su voz hueca,a llevarme...

Una semana después fue hallado en su casa el cuerpo sin vida de Ramiro Cuevas, un hombre de mediana edad aficionado a la escritura y al ocultismo, al que nadie había visto desde hacía bastante tiempo. Los vecinos aseguraron que se encerraba en el desván de su casa y dejaba la ventana abierta, y que lo veían asomarse con el rostro crispado por el terror vuelto hacia el cielo. El cuerpo fue encontrado con numerosas heridas de picotazos, sobre un charco de sangre, y con los ojos arrancados de manera horrible.Jamás se supo cómo murió.

viernes, 25 de noviembre de 2011

UN MAPA DE ARKHAM

En la Colección Lovecraft de la Biblioteca de la Universidad de Brown en Providence, Rhode Island,se incluye un manuscrito que debe figurar como uno de los santos griales para los fanáticos de Lovecraft:un dibujo del propio escritor llamado "Mapa de las partes principales de Arkham, Massachusetts". La descripción en el catálogo de Brown es la siguiente:
Dibujado por H.P. Lovecraft a principios de 1934. Lovecraft a Donald Wandrei,en carta de 28 de marzo de 1934: "Una de las cosas que hice últimamente fue el dibujo de un mapa de Arkham, por lo que las alusiones en cualquier cuento futuro que escriba pueden ser compatibles".Publicado por primera vez como "Mapa de Arkham" en The Acolyte, 1, No. 1 (Otoño 1942),página 26.
La primera vez en que aparece citada la localidad de Arkham es en el relato El grabado en la casa (The Picture in the House), de 1920.
Aquí tenéis el original dibujado de puño y letra por Lovecraft.

Y aquí un mapa aclarado, para ver el pueblo con todo detalle.

UN GRITO EN LAS TINIEBLAS



Un grito en las tinieblas.La vida de Zárate Arkham (2010) es una novela del escritor costarricense Daniel González Chaves (n.1982)que ha recibido muy buenas críticas y que cuenta la historia de la doctora Zárate Arkham, una antropóloga de padre británico y madre costarricense que se ve involucrada en sucesos sobrenaturales aterradores que le revelan una oscura realidad sobre la historia de su familia, los Arkham.
El libro toca diferentes temas incluyendo cultos satánicos, rituales sangrientos, vampirismo, incesto, posesiones demoníacas y abuso sexual.Además de Cthulhu aparecen otros demonios legendarios como Pazuzu y Angat.Muchos la han incluido dentro de los Mitos de Cthulhu, pero otros la encuadran en la literatura de ciencia-ficción.Se ha publicado por la Universidad Estatal a Distancia de Costa Rica.Aquí os dejo un enlace a un comentario sobre la novela: http://semanarioextensionista.blogspot.com/2011/04/un-grito-en-las-tinieblas-una-novela-de.html

jueves, 24 de noviembre de 2011

NECRONOMICON (1993)



En esta película, Necronomicón(1993),dirigida por Brian Yuzna,Christopher Gans y Shusuke Kaneko e interpretada por Jeffrey Combs, Tony Azito, Juan Fernandez , Bruce Payne, Richard Lynch, Belinda Bauer , Marfia Ford, Vladimir Kulich, William Jess Russell y Denice D. Lewis, entre otros,el escritor H.P. Lovecraft se introduce en una extraña biblioteca para acceder al prohibido y blasfemo libro Necronomicon. Al encontrarlo copia una serie de historias que serán narradas a continuación. La 1ª historia narra la maldición de la familia Delapoer, un pacto siniestro que realizaron con seres del abismo marino y que su último descendiente tendrá que sufrir en sus carnes. La 2ª historia narra las peripecias de un doctor que descubrió un sistema para mantener con vida los restos de un ser humano en condiciones muy frías. La 3ª historia narra la persecución de una pareja de policía tras la pista de unos fugitivos que les llevarán más allá de las puertas del infierno.Necronomicon es una de las pocas películas que ha conseguido acercarse verdaderamente al universo de Lovecraft, aunque no lo ha hecho con todo el éxito que pudiera haber sido.Aquí os dejo el trailer:

CANCIONES SOBRE CTHULHU

Varios géneros de música, en especial el heavy metal, han usado la obra y los personajes de Lovecraft como fuente de inspiración.Y uno de los más utilizados ha sido Cthulhu, al que muchos grupos han dedicado canciones o han incluido referencias a este dios en las mismas.Aquí os dejo una selección de ellas para que las disfrutéis.
-Dorso-Críptica Visión

-Draconian-Cthulhu Rising-

-Therion-Cthulhu-

-Deadmau5-Cthulhu Sleeps-

-Zardonic-Cthulhu-

-Samael-Rite of Cthulhu-

-Metallica-The Thing That Should Not Be-

-Metallica-All Nightmare Long-

-Cradle of Filth-Cthulhu Dawn-

Y, por supuesto, la más conocida de todas, al menos para los amantes del metal:
http://hijosdecthulhu.blogspot.com/2011/04/metallica-call-of-ktulu.html

miércoles, 23 de noviembre de 2011

EL QUE ACECHA ETERNAMENTE



El dibujante y guionista español Rafael González Negrete (n.1958) ganó con solo 23 años en 1981 el primer premio de la edición española de la revista estadounidense Creepy, especializada en historietas de terror y tras presentarse ese mismo año ante Josep Toutain(1932-1997),creador de la editorial Toutain-Editor, en el Salón del Cómic de Barcelona con un par de historietas de ciencia ficción elaboradas para la ocasión, fue aceptado como dibujante de 1984, otra de las publicaciones del editor catalán.El cómic con el que ganó el premio fue el titulado "El que acecha eternamente", luego publicado en un número Especial de Creepy de 1981,una historia que nos cuenta como el mismísimo H.P.Lovecraft se dirige al Arrecife del Diablo, en su imaginario Innsmouth, llevando un maletín, del que extrae el famoso Necronomicón y tras invocar en una lengua extraña al Gran Pulpo (Cthulhu), una joven montada en una bestia alada le libera.Es la Musa que inspira al escritor, la misma que le inspira los horrores de sus relatos y la misma que le libera de la mediocridad de la vida cotidiana.Aquí lo tenéis completo.







martes, 22 de noviembre de 2011

SOBRE CTHULHU



Hoy os voy a hablar un poco de la divinidad más conocida y que, por ello, da nombre a la mitología lovecraftiana, es decir, de Cthulhu.Como bien sabemos,Cthulhu es emblema, personaje central y una de las figuras recurrentes de esta cosmología, conocida como los Mitos de Cthulhu. Es el más popular de todos estos seres, y se encuentra en la obra La llamada de Cthulhu(The Call of Cthulhu,1926), tal vez el más conocido de los relatos de Lovecraft.
Cthulhu es una criatura extraterrestre, uno de los Primigenios, demonios o pseudodemonios de inmenso poder y de un tamaña colosal.Según sus seguidores humanos, es el sumo sacerdote de los Primigenios. Llegó a la Tierra procedente de un lejano universo con su Semilla Estelar, seres más pequeños semejantes a él, en calidad de sirvientes.Otros seres que también lo adoran son la mayor parte de los Profundos, seres mitad humano mitad batracio, que habitan los océanos.
Se le describe, precisamente en el relato de La llamada de Cthulhu, como un enorme monstruo de 10 kilómetros de altura [10.000 m (32808 pies y 5 pulgadas)],con cabeza de pulpo o calamar, y abotargado cuerpo de dragón, con sus respectivas alas. Tiene la capacidad de alterar su forma, aunque siempre es básicamente la misma. Su cuerpo escamoso está compuesto por una sustancia distinta a las que se encuentran en nuestro planeta, una especie de masa gelatinosa que lo hace prácticamente indestructible. De todos modos, incluso si su cuerpo físico es destruido por completo (cosa muy improbable), su naturaleza extraterrenal lo haría volver a formarse en cuestión de horas. Fue uno de los conquistadores de la Tierra y dominó desde las profundidades del océano.
Según la mitología, Cthulhu reposa soñando bajo un sello en la ciudad sumergida de R'lyeh (en algún lugar del océano Pacífico,cerca de la isla de Ponapé). Espera escapar algún día (el día en que «las estrellas estén de nuevo en posición») con la ayuda de adoradores y sectarios para volver a extender su poder sobre la Tierra. A él dedican el salmo «Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn» que aproximadamente significa " En la Ciudad de R´lyeh, el difunto Cthulhu, espera soñando".La pronunciación más cercana a nuestra lengua de tal frase es Fu-nug-loo-ee mug-ul-wun-ah-fuh Cu-thoo-loo Rye-leh wuh-gah-ah-gul fuh-ta-gun según el videojuego Call of Cthulhu: Dark Corners of the Earth, del año 2005.

lunes, 21 de noviembre de 2011

LOS PERROS DE TÍNDALOS

Los perros de Tindalos (The hounds of Tindalos) es un relato de terros del escritor norteamericano Frank Belknap Long(1901-1994), publicado en 1931 y reeditado en la colección de cuentos de terror de 1946 del mismo título.
Este relato es el aporte fundamental de Frank Belknap Long a los Mitos de Cthulhu. Los Perros o Sabuesos de Tindalos pertenecen al pasado remoto del planeta, en una era anterior a los vertebrados y, según se menciona, del mismo período en el que los ángeles y diversas estirpes demoníacas habitaban el orbe.Aunque son a veces representados como una criatura canina (probablemente debido al evocador nombre de esta primera historia en la que aparecen) no es probable que sean así, ya que el nombre sólo refleja sus hábitos cazadores, no su apariencia.
Como decía,este cuento fue escrito en 1931. Ese mismo año Lovecraft los menciona en su relato: El que susurra en la oscuridad (The whisperer in darkness).





-Me alegro de que hayas venido -dijo Chalmers.

Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular. Quitó, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos papeles amarillos.

-Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee -dije al apartar la mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo.

En las estanterías de ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza nuestro mundo moderno. Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo:
-Estamos llegando ahora a la conclusión de que los antiguos alquimistas y brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.

-Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy -repuse, con un leve gesto de impaciencia.
-No -contestó-. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.
-¿Y qué me dice usted de Einstein? -pregunté.
-¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes!
- murmuró con respeto-. Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma existencia sólo ahora se empieza a sospechar.
-Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.
-¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.
-Déles usted un margen de tiempo.
Los ojos de Chalmers despidieron chispas:
-Amigo mío -murmuró-, acabas de hacer un juego de palabras verdaderamente sublime. ¡Deles usted un margen de tiempo! Yo se lo daría encantado, pero precisamente cuando les hablas de tiempo, los modernos biólogos se echan a reír. Poseen la llave, pero se niegan a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo? Einstein lo considera relativo y cree que se puede interpretar en función del espacio, de un espacio curvo. Pero no hay que quedarse ahí detenido. Cuando las matemáticas dejan de prestarnos su apoyo, ¿acaso no se puede seguir adelante a base de... intuición?
-Ese es un terreno muy resbaladizo. El verdadero investigador evita siempre caer en esa trampa. Por eso avanza tan despacio la ciencia moderna. Sólo admite lo que es susceptible de demostración. Pero usted...
-Yo, ¿sabes lo que haría? Tomar hachís, opio, todas las drogas. Yo imitaría a los sabios orientales y acaso así consiguiera...
-¿Consiguiera qué?
-Conocer la cuarta dimensión.
-¡Eso es pura teosofía, una estupidez!
-Puede que sí, pero estoy persuadido de que las drogas consiguen aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.
-¿Una nueva droga?
-Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo que puedo remontar el curso del tiempo.
-No comprendo qué quiere usted decir.
-El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones. Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también. Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y el tiempo es una ilusión.
-Creo que empiezo a comprender -murmuré.
-Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver el principio y el fin.
-¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?
-Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver -sus ojos lanzaron extraños destellos-. Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.

Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea una cajita cuadrada.

-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que será.
-Fantasías -comenté.
-Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible. Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.
-¿Y cuál será mi misión?
-Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos intensos, me debes hacer regresar al instante.
-Chalmers -dije-, este experimento no me gusta nada. Va a correr usted un peligro terrible. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao. Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas.
-Para mí no es desconocida -repuso-. Conozco sus efectos sobre el animal humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en este papel -me enseñó el diagrama que tenía sobre las rodillas- y así prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego, y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender intelectualmente lo que así perciba. Así mis conocimientos matemáticos y mi aproximación consciente a la cuarta dimensión complementarán la pura acción de la droga. En mis sueños ya he conseguido captar muchas veces la cuarta dimensión en forma intuitiva y emocional, pero en estado de vigilia no he sido después nunca capaz de recordar el resplandor oculto que me era revelado momentáneamente en sueños. Creo, sin embargo, que con tu ayuda podré hacerlo esta vez. Tu anotarás todo lo que diga durante mi trance, por muy extraño e incoherente que te parezca. A mi regreso espero poder proporcionarte la clave de todo lo que no hayas entendido. No estoy seguro de mi éxito, pero, si lo tengo -sus ojos volvieron a despedir un extraño fulgor-, ¡el tiempo ya no existirá para mí!

De pronto, se sentó.

-Voy a hacer el experimento ahora mismo. Ponte, por favor, junto a la ventana y no dejes de vigilarme. ¿Tienes pluma?
Asentí hoscamente y saqué mi pluma Waterman verde claro del bolsillo superior de la chaqueta.
-¿Y has traído algo donde escribir, Frank?
De mala gana saqué una agenda.
-Insisto enérgicamente una vez más en que no apruebo este experimento -gruñó-. Va a correr usted un peligro terrible.
-¡No seas niño! -agitó un dedo ante mí-. Estoy decidido a hacerlo a pesar de todo lo que me digas, y además a hacerlo ahora mismo. Por favor, estate en silencio mientras medito sobre estos diagramas.

Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia indefinida me oprimía el pecho. De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en su boca y la tragó. Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le interrumpiera.

-El reloj se ha parado -murmuró-. Las fuerzas que lo gobiernan aprueban mi experimento. El
tiempo se detuvo y yo tomé la droga. ¡Dios mío, haz que no me extravíe!

Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe, y respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando extraordinariamente de prisa.

-Comienzan las tinieblas -murmuró-. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo, pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente.

Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando veloces notas taquigráficas.

-Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto.
Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos.
-¡Dios mío! -exclamó-. Veo.

Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la habitación no existían para él.

-¡Chalmers! ¡Chalmers! ¿Le despierto?
-¡De ninguna manera! -aulló-. ¡Veo todo! Ante mí veo los billones de vidas que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan, cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de la Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Tiemblo de respeto y de pavor cuando flamean los gigantescos estandartes y el suelo trepida bajo el paso de los hastati victoriosos. Paso en una litera de oro y marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se postrernan mil esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: "¡Ave César!". Yo les sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido!

…Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus. Me arrodillo, en adoración, ante la Magna Mater y arrojo monedas al regazo de las prostitutas sagradas que, con el rostro velado, esperan en los Jardines de Babilonia. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio de una multitud maloliente, aplaudo El Mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas callejuelas de Florencia. Mientras contemplo, arrobado, a la joven Beatriz, la orla de su vestido roza mis sandalias. Soy sacerdote de Isis y mis poderes mágicos asombran al mundo. A mis pies se arrodilla Simón Mago, implorando mi ayuda, y el Faraón tiembla ante mi sola presencia. En la India hablo con los Maestros y huyo horrorizado, pues sus revelaciones son como sal en una herida sangrante. Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los ángulos posibles. Formo parte de los billones de vidas que me han precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el presente. Mediante un pequeño esfuerzo soy capaz de contemplar pasados cada vez más lejanos. Ahora me remonto hacia el mismo origen, a través de curvas y ángulos extraños. A mi alrededor se multiplican los ángulos y las curvas. Hay grandes sectores de tiempo que los percibo a través de curvas. Existe un tiempo curvo y un tiempo angular. Los moradores del tiempo curvo no pueden penetrar en el tiempo angular. Todo es muy extraño.

…Sigo retrocediendo cada vez más. De la tierra ya ha desaparecido el hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas sombrías que se mueven lentamente entre las algas. Las formas que veo son cada vez más simples. Ahora los únicos seres vivos son células. A mi alrededor hay cada vez más ángulos, ángulos totalmente ajenos a la geometría humana. Tengo un miedo horrible. En la creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre…

Seguí sin perderle de vista. Chalmers se había levantado y gesticulaba como pidiendo ayuda. Al poco volvió a hablar:

-Atravieso ángulos ajenos al espacio terrestre. Me aproximo al horror supremo.
-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere usted que intervenga?

Se llevó la mano al rostro, como para no ver una visión indeciblemente espantosa. Pero dijo trabajosamente:

-¡Todavía no! Quiero seguir adelante... Quiero ver... lo que hay... aún más allá...

Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.
-Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven lentamente a través de ángulos alucinantes.

En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí de par en par. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a punto de desmayarme.

-¡Me han olido! -lanzó un alarido-. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!
Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas. Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo. En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.

-¡Chalmers! -grité-. ¡Chalmers, basta ya! Basta
ya, ¿me oye?
Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas por el suelo. Me incliné y le cogí por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.

-¡Chalmers! -murmuré-. Basta ya. Está usted en su habitación. Nada malo le puede suceder. ¿Comprende?

A fuerza de sacudirle y de hablarle, logré que la expresión de locura fuera desapareciendo de su rostro. Tembloroso y convulsivo, quedó como un grotesco montón de carne en el centro de la alfombra china. Le ayudé a caminar hasta el sofá y a tumbarse en él. Su rostro estaba contraído de dolor y me di cuenta de que seguía luchando sordamente contra recuerdos espantosos.

-Whisky -murmuró-. Está ahí, en el mueblecito, junto a la ventana, en el cajón superior de la izquierda.

Cuando le alcancé la botella, la asió con tal fuerza que los nudillos se le pusieron azules.
-Casi me cogen -dijo entrecortadamente.
Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue volviendo el color a la cara.
-Esa droga -dije- es el diablo en persona.
-No era la droga -gimió.
Su mirada ya no era de loco. Ahora daba impresión de un profundo desaliento.
-Me han olido a través del tiempo -susurró-. He llegado demasiado lejos.
-¿Cómo eran? -pregunté para seguirle la corriente.
Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue dominado por horribles temblores.
-¡No hay palabras para describirlos! -murmuró roncamente-. Han sido vagamente simbolizados en el Mito de la Caída y en cierta forma obscena que a veces aparece grabada en algunas tablillas arcaicas. Los griegos le daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz.

Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:
-¡Frank! ¡Frank! ¡En el comienzo se consumó un acto terrible e inmencionable! Antes del tiempo, el acto, y después del acto...
Comenzó a andar histéricamente por la estancia.
-Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros recodos del tiempo. ¡Tienen hambre y sed!
-Chalmers -intenté razonar-, ¡estamos en el tercer decenio del siglo XX!
Pero él siguió ululando:
-¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!
-Chalmers, ¿quiere usted que llame a un médico?
-Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma y, sin embargo -ocultó la cara entre las manos-, son reales, Frank. Los vi durante un momento horrible. Durante un instante he llegado a estar al otro lado. Me encontré en una ribera lívida, más allá del tiempo y del espacio. Había una luz espantosa que no era luz y un silencio hecho de aullidos, y allí los vi. En sus cuerpos flacos y famélicos se concentra todo el Mal del universo. En realidad no estoy seguro de que tuvieran cuerpo: sólo los vi un instante. Pero los he oído respirar. Durante un momento indescriptible sentí su aliento en mi cara. Se volvieron hacia mi y huí dando alaridos. En un solo instante huí a través de millones de siglos. Pero me han olido. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente del aura impura que los rodea. Tienen sed de todo lo que hay limpio en nosotros, de todo lo que emergió inmaculado de aquel acto. En nosotros hay elementos que no participaron en el acto y ellos los aborrecen. Pero no te imagines que son literal y prosaicamente malos. En el plano donde habitan no existen el bien y el mal tal como nosotros los concebimos. Son lo que, en el principio quedó desprovisto de pureza para siempre jamás. Al cometer el acto, se convirtieron en cuerpos de muerte, en receptáculo de toda impureza. Pero no son malos en el sentido que nosotros damos a esta palabra, porque en las esferas en que se mueven no existe pensamiento ni moral ni bueno ni malo. Allí sólo existen lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa en ángulos; lo puro, en curvas. El hombre, o mejor dicho, lo que hay en él de puro, procede de lo curvo. No te rías. Hablo completamente en serio.

Me levanté para irme. Mientras iba hacia la puerta, dije:
-Me da usted mucha pena, Chalmers. Pero no estoy dispuesto a oírle delirar. Le enviaré a mi médico. Es un hombre de edad, muy comprensivo, y no se ofenderá aunque usted lo mande al diablo. Pero confío en que siga usted las indicaciones que le dé. Se pasa usted una semana descansando en buen sanatorio y verá qué bien le sienta.
Mientras bajaba las escaleras le oí reír. Era una risa tan desprovista de alegría que me hizo llorar.

II.
Cuando Chalmers me telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar inmediatamente el receptor. Me llamaba para pedirme algo tan insólito, y tan anormalmente alterada estaba su voz, que temí por mi propia cordura si seguía adelante con este asunto. Pero no pude dejar de percibir la sinceridad de su angustia, y cuando se le quebró la voz y comenzó a sollozar, decidí acceder a su petición.

-De acuerdo -dije-, ahora mismo voy y le llevo la escayola.
De camino hacia casa de Chalmers, me detuve en una droguería y adquirí diez kilos de escayola.
Al entrar en el cuarto de mi amigo, le vi agazapado junto a la ventana, contemplando la pared de enfrente con ojos enfebrecidos por el terror. Cuando me vio entrar, se puso en pie y me arrebató el paquete de la escayola con una avidez que me puso los pelos de punta. Había sacado todos los muebles de la estancia, la cual presentaba ahora un aspecto absolutamente desolado.

-¡Aún podemos salvarnos! -exclamó-. Pero tenemos que actuar rápidamente. Frank, hay una escalera plegable en el vestíbulo. Tráela inmediatamente. Y ve a buscar también un cubo de agua.
-¿Para qué? -murmuré atónito.
Se volvió vivamente hacia mí y vi un relámpago de ira en sus ojos.
-¿Para qué va a ser, so bobo? ¡Para hacer la masa con la escayola! -gritó, fuera de sí-. Para hacer la masa que nos salvará el cuerpo y el alma de una contaminación indecible. Para hacer la masa que salvará al mundo de un peligro... ¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!
-¿A quiénes? -pregunté.
-¡A los Perros de Tíndalos! -exclamó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos.
¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a poner escayola en todos los ángulos, en todos los rincones, en todas las hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera!

Habría sido inútil discutir con él. Le llevé la escalera. Chalmers mezcló la escayola con el agua y estuvimos trabajando durante tres horas. Tapamos las cuatro esquinas de la pared y también las intersecciones de ésta con el suelo y el techo. Por último, redondeamos los duros ángulos de la ventana.

-Ahora me quedaré en esta habitación hasta que se vayan -dijo Chalmers cuando hubimos dado fin a la tarea-. Al darse cuenta de que el olor que siguen les obliga a atravesar curvas, se volverán. Se volverán, hambrientos, frustrados, insatisfechos, al plano de impureza de donde proceden, anterior al tiempo y más allá del espacio.

Sonrió afablemente y encendió un cigarrillo.
-Te agradezco mucho que hayas venido.
-¿Sigue usted sin querer ver a un médico? -rogué.
-Quizá mañana -repuso-. Ahora tengo que vigilar y esperar.
-¿Esperar qué? -apremié.
Chalmers sonrió débilmente.
-Tú crees que estoy loco -dijo-; me doy cuenta perfectamente. Eres inteligente, pero también eres muy prosaico y no puedes concebir la existencia de ninguna entidad independiente de toda energía y de toda materia. Pero, mi querido amigo, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que la energía y la materia son las barreras que el tiempo y el espacio imponen a nuestra percepción? Sabiendo, como yo sé, que el tiempo y el espacio son lo mismo y que son engañosos porque ambos no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, no tiene sentido buscar en el mundo visible ninguna explicación del misterio y del terror del ser.

Me levanté y me fui hacia la puerta.
-Perdona -exclamó-. No he querido ofenderte. Tienes una gran inteligencia, pero yo tengo una inteligencia sobrehumana. Es natural que yo sea consciente de tus limitaciones.
-Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé las escaleras de dos en dos-. «Ahora sí que le envío a mi médico -me iba diciendo a mí mismo-. Está loco de remate y sabe Dios lo que puede pasar si no se ocupa alguien inmediatamente de él.»

III.
Resumen de dos artículos publicados en la Patridgeville Gazette del 3 de julio de 1928:
TEMBLOR DE TIERRA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD

A los dos de la madrugada de hoy, un violento terremoto ha hecho temblar los barrios céntricos de la ciudad, rompiendo varias ventanas en Central Square y causando graves daños en el tendido eléctrico y en las instalaciones de la red tranviaria. En los barrios periféricos también fue observado el fenómeno resultando completamente derruido el campanario de la iglesia baptista de Angell Hill, que había sido diseñado por Christopher Wren en 1717. Los bomberos luchan por apagar el incendio que se ha declarado en las naves de la fábrica de neumáticos. El alcalde ha prometido abrir un expediente a fin de determinar responsabilidades si las hubiere.

ESCRITOR OCULTISTA ASESINADO POR VISITANTE DESCONOCIDO
Horrible Crimen en Central Square. Un misterio impenetrable envuelve la muerte de Halpin Chalmers. A las nueve horas del día de hoy fue hallado el cuerpo sin vida de Halpin Chalmers, escritor y periodista, en una habitación vacía situada encima de la Joyería Smithwich & Isaacs, en el número 24 de Central Square. La investigación judicial puso de manifiesto que dicha habitación había sido alquilada amueblada al señor Chalmers el día 1 de mayo último y que el propio inquilino se había deshecho de los muebles hace quince días. El señor Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo. Pertenecía a la Asociación Bibliográfica y anteriormente había residido en Brooklyn (Nueva York).

A las siete de la mañana, el señor L. E. Hancock, inquilino del apartamento situado frente al del Chalmers en el edificio de Smithwich & Isaacs, sintió un olor especial al abrir la puerta para dejar entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Patridgeville Gazette. El olor, según afirma, era extremadamente acre y nauseabundo, y tan intenso en las proximidades de la puerta de Chalmers que tuvo que taparse la nariz cuando se aventuró por dicha zona del rellano. Estaba a punto de regresar a su propio apartamento cuando se le ocurrió que acaso Chalmers se hubiera olvidado de apagar el gas de su cocina. Considerablemente alarmado por esta posibilidad, decidió investigar lo sucedido y, comoquiera que nadie contestase sus repetidas llamados a la puerta de Chalmers, avisó al encargado del edificio. Este último abrió la puerta mediante una llave maestra y ambos penetraron en la habitación de Chalmers. La estancia estaba totalmente desprovista de mobiliario y Hancock asegura que, al ver lo que había en el suelo, se sintió enfermo, teniendo que permanecer el encargado y él asomados un rato a la ventana sin mirar atrás.

Chalmers yacía boca arriba en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo y tenía el pecho y los brazos cubiertos de una especie de gelatina azulada. La cabeza, totalmente separada del tronco, reposaba sobre el pecho y sus facciones aparecían horriblemente retorcidas y mutiladas. No había ni rastro de sangre. La habitación presentaba un aspecto insólito. Todas las aristas habían sido cubiertas de escayola, que en algunos sectores se había agrietado y en otros, desprendido. Los fragmentos de escayola caídos habían sido agrupados en torno al cadáver, formando un triángulo perfecto.

Junto al cuerpo se hallaron varias hojas de papel amarillo casi enteramente consumidas por el fuego. En ellas había dibujado varios símbolos fantásticos y extrañas figuras geométricas y podían leerse diversas frases escritas apresuradamente a mano. Dichas frases, sin embargo, son tan absurdas que no proporcionan la menor pista sobre el posible autor del crimen. He aquí algunas de tales frases: «Vigilo y espero. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que lleguen hasta aquí, pero debo tener cuidado con los Doels porque acaso puedan ayudarles a pasar.

También los ayudarán los Sátiros y éstos pueden avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos sabían cómo impedirlo. Es lamentable que hayamos olvidado tantas cosas...»

En otro papel, en el más quemado de los siete u ocho fragmentos recogidos por el Sargento Detective Douglas (de la Policía de Patridgeville), había garrapateado lo siguiente:

«¡La escayola se cae! La ha agrietado una vibración terrible. ¡Un terremoto parece! No podía preverlo. Se va yendo la luz de la habitación. Telefonear a Frank. ¿Pero llegará a tiempo? Debo intentarlo. Recitaré la fórmula de Einstein. ¿Voy a Romper! ¡Están pasando! ¡Consiguen atravesar! Sale humo de las esquinas de la pared sus lenguas…

A juicio del Sargento Detective Douglas, Chalmers ha muerto envenenado por algún desconocido producto químico. La policía ha enviado muestras de la extraña gelatina azul que cubría el cuerpo de Chalmers al Laboratorio Químico de Patridgeville y confía en que el informe correspondiente arroje alguna luz sobre este crimen, el más misterioso de los últimos años. Se sabe que Chalmers tuvo un visitante la noche anterior al terremoto, pues su vecino oyó sin lugar a dudas, al pasar ante su puerta, rumor de conversación. El principal sospechoso es, pues, este desconocido visitante, cuya identidad la Policía se esfuerza afanosamente por averiguar.

IV.
Informe del doctor James Morton, químico y bacteriólogo:
Señor Juez de Instrucción: la sustancia semilíquida que usted me remitió para su estudio es la
más extraña que he analizado en mi vida. Presenta ciertas analogías con el protoplasma, pero en ella no se encuentran ni aun indicios de enzimas. Las enzimas son catalizadores de las reacciones químicas que se producen en el seno de la célula viva. Cuando las células mueren, las enzimas las desintegran mediante hidrólisis. Sin enzimas, el protoplasma poseería una vitalidad prácticamente infinita, es decir, sería inmortal. Las enzimas, por así decir, son los elementos negativos del organismo unicelular, que constituye la base de la vida, y, en opinión de los biólogos, sin ellas no puede existir materia viva. Y, sin embargo, tales cuerpos indispensables se hallan ausentes de la gelatina viva que usted me remitió. ¿Se da usted cuenta del significado que puede tener este descubrimiento para la ciencia?

V.
Fragmento de un manuscrito titulado «Los que velan en silencio», original del fallecido Halpin Chalmers:

…¿Y si existiese otra forma de vida paralela a la que conocemos, pero carente de los elementos que destruyen la nuestra? ¿Y si en otra dimensión existe una fuerza diferente de la que genera nuestra vida? ¿Y si esta fuerza emite una energía, que, procedente de su dimensión desconocida, consigue alcanzar nuestro espacio-tiempo y crear en él una nueva forma de vida celular? Cierto es que no se puede demostrar que tal forma nueva de vida exista en nuestro universo, pero yo he visto sus manifestaciones y he hablado con ellas. De noche, en mi habitación, he hablado con los Doels. Y en mis sueños he contemplado a su Creador. Lo he visto en lejanas riberas, más allá del tiempo y la materia. Se mueve a través de curvas extrañas y de ángulos alucinantes. Algún día viajaré en el tiempo y me enfrentaré con él cara a cara.

viernes, 18 de noviembre de 2011

LA HOYA DE LAS BRUJAS

La hoya de las brujas (Witches' hollow) es un relato de terror de Lovecraft, escrito en colaboración con August Derleth, y publicado en 1962 en el recopilatorio Los que vigilan desde el tiempo (The Watchers Out of Time).En realidad, como en muchos de los relatos escritos por Derleth, se limitó a coger ideas y esbozos que Lovecraft dejó tras su muerte y los desarrolló casi por completo.



El Distrito Escolar Número Siete lindaba con una región salvaje situada al oeste de Arkham. Se alzaba en el centro de una pequeña alameda de robles, algunos olmos y uno o dos arces. La carretera conducía por un lado a Arkham y por el otro se perdía en los oscuros bosques de poniente. Cuando tomé posesión de mi nuevo cargo de maestro, a primeros de septiembre de 1920, el edificio de la escuela me pareció realmente encantador, a pesar de que no pertenecía a ningún orden arquitectónico y de que era exactamente igual a miles de otras escuelas de Nueva Inglaterra: amazacotada, tradicional, pintada de blanco, resplandeciente en medio de los árboles que la rodeaban.

Era ya por entonces un edificio viejo. Sin duda estará ahora abandonado o derruido. Actualmente, el distrito escolar dispone de muchos más fondos, pero en aquel tiempo sus subvenciones eran un tanto miserables y escatimaba todo cuanto podía. Cuando entré yo a enseñar, todavía se usaban, como libros de texto, ediciones publicadas antes de empezar este siglo. A mi cargo tenía hasta veintisiete alumnos; entre ellos varios Allen y Whateley, y Perkins, Dunlock, Abbott, Talbot... y también un tal Andrew Potter. No puedo recordar ahora por qué exactamente me llamó la atención Andrew Potter. Era un muchacho grandullón para su edad, de cara muy morena, mirada fija y profunda, y un cabello negro, espeso, desgreñado. Sus ojos me miraban con una persistencia que al principio me dejaba perplejo, pero que finalmente me hizo sentirme extrañamente incómodo. Estaba en quinto grado, y no tardé mucho en descubrir que podría pasar al séptimo o al octavo con gran facilidad, pero que no hacía ningún esfuerzo por conseguirlo. Daba la impresión de que se limitaba a tolerar a sus compañeros, los cuales, por su parte, le respetaban, no por afecto, sino más bien por miedo. Muy pronto comencé a darme cuenta de que este extraño muchacho me trataba con la misma divertida tolerancia que a sus condiscípulos.

Tal vez fuese su forma de mirar lo que inevitablemente me llevó a vigilarle con disimulo en la medida que lo permitía el desarrollo de la clase. Así fue como llegué a advertir un hecho vagamente inquietante: de cuando en cuando Andrew Potter respondía a un estímulo que mis sentidos no llegaban a captar, y reaccionaba exactamente como si alguien lo llamara; se despabilaba entonces, se ponía alerta, y adoptaba la misma actitud que los animales cuando oyen ruidos imperceptibles para el oído humano. Cada vez más intrigado, aproveché la primera ocasión para preguntar sobre él. Uno de los chicos de octavo grado, Wilbur Dunlock, solía quedarse después de terminar la clase y ayudar a la limpieza del aula.

-Wilbur -dije una tarde, cuando todos se hubieron marchado-, observo que ninguno de vosotros le hacéis caso a Andrew Potter. ¿Por qué?
Me miró con cierta desconfianza, y reflexionó antes de encoger los hombros para contestar.
-No es como nosotros.
-¿En qué sentido?
El niño sacudió la cabeza.
-No le importa si le dejamos jugar con nosotros o no. Además, no quiere.

Parecía contestar de mala gana, pero a fuerza de preguntas conseguí sacarle alguna información. Los Potter vivían hacia el interior, en las colinas boscosas de poniente, cerca de una desviación casi abandonada de la carretera que atraviesa aquella zona selvática. Su granja estaba situada en un valle pequeño, conocido en la localidad como la Hoya de las Brujas y que Wilbur describió como «un sitio malo». La familia constaba de cuatro miembros: Andrew, una hermana mayor que él y los padres. No se «mezclaban» con la demás gente del distrito, ni siquiera con los Dunlock, que eran sus vecinos más cercanos y vivían a un kilómetro de la escuela y a unos siete de la Hoya de las Brujas. Ambas granjas estaban separadas por el bosque. No pudo -o no quiso- decirme más. Cosa de una semana después, pedí a Andrew Potter que se quedara al terminar la clase. No puso ninguna objeción, como si mi petición fuera la cosa más natural. Tan pronto como los demás niños se hubieron marchado, se acercó a mi mesa y esperó de pie, con sus negros ojos expectantes, fijos en mí, y una sombra de sonrisa en sus labios llenos.

-He estado examinando tus calificaciones, Andrew -dije-, y me parece que con un pequeño esfuerzo podrías pasar al sexto grado..., quizá incluso al séptimo. ¿No te gustaría hacer ese esfuerzo?
Se encogió de hombros.
-¿Qué piensas hacer cuando dejes la escuela?
Encogió los hombros otra vez.
-¿Vas a ir al Instituto de Enseñanza Media de Arkham?
Me examinó con unos ojos que parecían haber adquirido súbitamente una agudeza penetrante; había desaparecido su letargo.
-Señor Williams, estoy aquí porque hay una ley que dice que tengo que estar -contestó-. Ninguna ley dice que tengo que ir al Instituto.
-Pero, ¿no te interesaría?
-No importa lo que me interesa. Lo que cuenta es lo que mi gente quiere.
-Bien, hablaré con ellos -decidí en ese momento-. Vamos. Te llevaré a casa.

Por un instante, apareció en su expresión una sombra de alarma, pero unos segundos después se disipó, dando paso a ese aspecto de letargo vigilante tan característico en él. Se volvió a encoger de hombros y permaneció de pie, esperando, mientras guardaba yo mis libros y papeles en la cartera que habitualmente llevaba conmigo. Luego caminó dócilmente a mi lado hasta el coche y subió, mirándome con una sonrisa de inequívoca superioridad. Nos internamos en el bosque; íbamos en silencio, muy en armonía con la melancólica tristeza que se iba apoderando de mí al entrar en la región de las colinas. Los árboles se ceñían a la carretera y cuanto más nos adentrábamos, más sombrío se volvía el bosque (tanto quizá porque estábamos a últimos de octubre como por la espesura cada vez mayor de la arboleda). De unos claros relativamente extensos, nos sumergimos en un bosque antiguo; y cuando finalmente nos desviamos por un camino vecinal -poco más que una vereda- que me señaló Andrew en silencio, comenzamos a rodar por entre árboles viejísimos, extrañamente deformados. Tenía que conducir con precaución; el camino era tan poco transitado que la maleza lo invadía por ambos lados. Y, cosa extraña, a pesar de mis estudios de botánica, aquellas plantas me resultaban desconocidas, aunque me pareció observar que había algunas saxífragas que presentaban una curiosa mutación. De pronto, inesperadamente, desembocamos en el cercado de la casa de los Potter.

El sol se había ocultado tras la muralla de árboles y la casa estaba sumida en una luz de crepúsculo. Más allá, valle arriba, se entendían unos pocos campos de labor. En uno había maíz; en otro, rastrojo; en otro, calabazas. La casa propiamente dicha era horrible; estaba casi en ruinas y tenía un piso alto que ocupaba la mitad de la planta, un tejado abuhardillado, y postigos en las ventanas; sus dependencias, frías y desmanteladas, parecían no haber sido usadas jamás. La granja entera parecía abandonada. Las únicas señales de vida consistían en unas cuantas gallinas que escarbaban la tierra detrás de la casa. Si no hubiera sido porque el camino que habíamos tomado terminaba aquí, habría puesto en duda que ésta fuera la casa de los Potter. Andrew me lanzó una mirada como tratando de adivinar mis pensamientos. Luego saltó con ligereza del coche, dejándome que le siguiera.

Entró en la casa delante de mí. Oí que me anunciaba.
-Aquí está el señor Williams, el maestro.
No hubo respuesta.

Luego, de repente, me hallé en la habitación -iluminada tan sólo por una antigua lámpara de petróleo- donde se hallaban los otros tres Potter. El padre era un hombre alto, de hombros caídos y pelo gris, que no tendría más de cincuenta años, pero con aspecto de ser muchísimo más viejo, no tanto física como psíquicamente. La madre estaba indecentemente gorda; y la chica, alta y delgada, tenía el mismo aire avisado y expectante que había observado en Andrew. Hizo brevemente las presentaciones, y los cuatro permanecieron a la espera de que yo dijese lo que tuviera que decir; me dio la impresión de que su actitud era un tanto incómoda, como si desearan que terminase pronto y me fuera.

-Quería hablarles sobre Andrew -dije-. Veo grandes aptitudes en él, y podría avanzar un grado o dos, si estudiara un poquito más.
Mis palabras no obtuvieron respuesta alguna.
-Estoy convencido de que tiene suficientes conocimientos y bastante capacidad para estar en octavo grado -dije, y me callé.
-Si estuviera en octavo grado -dijo el padre-, tendría que ir al Instituto al terminar la escuela, por cosa de la edad. Es la ley. Me lo han dicho.

Me vino a la memoria lo que Wilbur Dunlock me había dicho del aislamiento de los Potter y, mientras escuchaba las razones del viejo, me di cuenta de que toda la familia se hallaba tensa y de que su actitud había variado imperceptiblemente. En el momento en que el padre dejó de hablar, se restableció una uniformidad singular: era como si los cuatro estuvieran escuchando una voz interior. Dudo que se enteraran siquiera de mis palabras de protesta.

-No pueden esperar que un muchacho inteligente como Andrew se recluya en un lugar como éste -dije por último.
-Aquí estará bien -dijo el viejo Potter-. Además, es nuestro. Y ahora no vaya hablando por ahí de nosotros, señor Williams.
En su voz había una nota de amenaza que me dejó asombrado. Al mismo tiempo se me hacía cada vez más patente la atmósfera de hostilidad, que no provenía tanto de ellos como de la casa y los campos que la rodeaban.
-Gracias -dije-. Ya me voy.
Di media vuelta y salí. Andrew me siguió los pasos. Una vez fuera, dijo con suavidad:
-No debe usted hablar de nosotros, señor Williams. Papá se pone como loco cuando descubre que hablan de él. Usted le preguntó a Wilbur Dunlock.
Me quedé de una pieza. Con un pie en el estribo del coche, me volví y le pregunté:
-¿Te lo ha dicho él?
Movió la cabeza negativamente.
-Fue usted, señor Williams -dijo al tiempo que retrocedía.

Y antes de que pudiera yo abrir la boca otra vez, se había metido en la casa como una flecha.
Por un instante, permanecí indeciso. Pero no tardé en reaccionar. Súbitamente, en el crepúsculo, la casa adquirió un aspecto amenazador y todos los árboles del contorno parecieron estar esperando el momento de doblarse hacia mí. En verdad, percibí un susurro, como el rumor de una brisa en todo el bosque, aunque no soplaba aire de ninguna clase, y me vino de la casa una oleada de malevolencia que me hirió como una bofetada. Me metí en el coche y me alejé, sintiendo aún en la nuca aquella impresión de malignidad, como el aliento ardiente de un salvaje perseguidor. Llegué a mi apartamento de Arkham en un estado de gran agitación. Allí, meditando lo que había pasado, decidí que había sufrido una influencia psíquica sumamente perturbadora. No cabía otra explicación. Tenía el convencimiento de que me había arrojado ciegamente a unas aguas mucho más profundas de lo que creía, y lo auténticamente inesperado de esta vivencia angustiosa me la hacía más estremecedora. No pude comer, preguntándome qué pasaba en la Hoya de las Brujas, qué mantenía a la familia tan sólidamente unida, qué la ataba a aquel paraje, y qué sofocaba en un muchacho prometedor como Andrew Potter incluso el más fugaz deseo de abandonar aquel valle sombrío y salir a un mundo más luminoso y alegre.

Durante la mayor parte de la noche estuve dando vueltas sin poderme dormir, lleno de temores innominados e inexplicables; y cuando por último me dormí, mi sueño se vio invadido de pesadillas espantosas, en las que se me representaban unos seres infinitamente ajenos a toda humana fantasía y tenían lugar hechos horrendos. Cuando me desperté, a la mañana siguiente, experimenté la sensación de haber rozado un mundo totalmente extraño al de los hombres. Llegué a la escuela por la mañana temprano, pero Wilbur Dunlock estaba ya allí. Sus ojos me miraron con triste reproche. No comprendí lo que había sucedido para provocar esa actitud en un alumno normalmente tan servicial.

-No debía haberle dicho a Andrew Potter que habíamos hablado de él -dijo con una especie de desdichada resignación.
-No lo hice, Wilbur.
-Lo que sé es que yo no fui; de modo que tiene que haber sido usted -dijo, y añadió- Esta noche han muerto seis de nuestras vacas. Se les ha hundido encima el cobertizo donde estaban.
De momento me quedé tan aturdido que no pude replicar.
-Algún golpe de viento repentino... -comencé, pero me cortó en seguida.
-No ha hecho viento esta noche, señor Williams. Y las vacas estaban aplastadas.
-No pensarás que los Potter tienen nada que ver con eso, Wilbur -exclamé.
Me lanzó una mirada de paciencia, como a veces mira quien sabe a quien debería saber pero no comprende y no dijo nada.

Esta noticia me pareció aún más alarmante que la experiencia de la tarde anterior. Por lo menos Wilbur estaba convencido de que había una relación entre nuestra conversación sobre la familia Potter y la pérdida de la media docena de vacas. Y estaba tan hondamente convencido de ello, que de antemano se veía que nada en el mundo podría disuadirle. Cuando entró Adrew Potter, traté inútilmente de descubrir en él algún cambio desde la última vez que le vi. Mal que peor, concluí aquella jornada de clase. Inmediatamente después de terminar, me marché apresuradamente a Arkham y me dirigí a las oficinas de la Gazette, cuyo redactor jefe, como miembro del Consejo de Educación del Distrito, se había portado muy amablemente conmigo ayudándome a encontrar alojamiento. Era un hombre de casi setenta años y tal vez podría ayudarme en mis indagaciones... Mi cara debía reflejar el estado de agitación que sentía porque, nada más entrar, levantó las cejas y dijo:

-¿Qué le pasa, señor Williams?
Traté de disimular, toda vez que nada en concreto podía exponer, y visto a la fría luz del día, lo que tenía que contar parecería locura a cualquier persona sensata. Dije solamente:
-Me gustaría saber algo sobre la familia de los Potter, que vive en la Hoya de las Brujas, al oeste de la escuela.
Me lanzó una mirada enigmática.
-¿No ha oído hablar nunca del viejo Hechicero Potter? -preguntó, y antes de que pudiera contestar, prosiguió-. No, naturalmente. Usted es de Brattleboro. Difícilmente podría esperarse que los de Vermont se enteraran de lo que ocurre en una apartada región de Massachusetts. Pues verá: el viejo vivía antes allí, él solo. Era ya bastante viejo cuando yo lo vi por primera vez. Y estos Potter de ahora eran unos familiares lejanos que vivían entonces en el Alto Michigan. Heredaron la propiedad y vinieron a establecerse ahí cuando murió el Hechicero Potter.
-Pero, ¿qué sabe usted de ellos? -insistí.
-Nada, lo que todo el mundo -dijo-. Que cuando vinieron eran gente muy afable. Que ahora no hablan con nadie, que no salen casi nunca... y muchas habladurías sobre animales que se extravían y cosas así. La gente relaciona lo uno con lo otro.

De esta forma siguió la conversación, en el curso de la cual lo sometí a un verdadero interrogatorio. Y así fue cómo escuché una mezcla desconcertante de leyendas, alusiones, relatos contados a medias, y sucesos totalmente incomprensibles para mí. Lo que parecía indiscutible era que había un lejano parentesco entre el Hechicero Potter y un tal Brujo Whateley que vivió cerca de Dunwich, «un tipo de mala calaña» según mi amigo el redactor jefe. También parecía indudable que el viejo Hechicero Potter había llevado una vida solitaria, que había alcanzado una edad avanzadísima y que la gente solía evitar el paso por la Hoya de las Brujas. Lo que parecía pura fantasía eran las supersticiones relacionadas con esa familia. Se decía que el Hechicero Potter había «invocado algo que bajó del cielo y vivió con él o en él hasta su muerte» y que un viajero extraviado, hallado en estado agónico en la carretera general, había dicho en sus últimas ansias algo así como que «una cosa con tentáculos... un ser pegajoso, de gelatina, con ventosas en los tentáculos» salió del bosque y le atacó. Mi amigo me contó varias historias más por el estilo. Cuando terminó, me escribid una nota para el bibliotecario de la Universidad del Miskatonic, en Arkham, y me la tendió.

-Dígale que le facilite ese libro. Quizá le sirva de algo -encogió los hombros-, o tal vez no. La gente joven de hoy no se preocupa por nada.
Sin pararme a cenar, proseguí mis investigaciones sobre un tema que, según presentía, me iba a ser de utilidad si quería ayudar a Andrew Potter a encontrar una vida mejor, pues era esto, más que el deseo de satisfacer mi curiosidad, lo que me impulsaba. Me fui a Arkham y, una vez en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic, busqué al bibliotecario y le di la nota de mi amigo.
El anciano me miró con suspicacia, y dijo:
-Espere aquí, señor Williams.

Y se fue con un manojo de llaves. Deduje, pues, que el libro aquel estaba guardado bajo llave. Esperé un tiempo que se me antojó interminable. Comencé a sentir hambre, y empezó a parecerme poco decorosa mi precipitación.. Pero no obstante, intuí que no había tiempo que perder, aunque no sabía exactamente qué catástrofe me proponía impedir. Finalmente, subió el bibliotecario, portador de un volumen antiguo, y me lo colocó en una mesa al alcance de su vista. El título del libro estaba en latín -Necronomicon-, aunque su autor era evidentemente árabe -Abdul Alhazred-, y su texto estaba escrito en un inglés arcaico. Comencé a leer con un interés que pronto se convirtió en total turbación. El libro se refería a antiguas y extrañas razas invasoras de la Tierra, a grandes seres míticos llamados unos Dioses Arquetípicos y otros Primordiales de exóticos nombres, como Cthulhu y Hastur, Shub-Niggurath y Azathoth, Dagon e Ithaqua, Wendigo y Cthugha. Todo ello se relacionaba con una especie de plan para dominar la Tierra. Al servicio de estos seres estaban ciertos pueblos extraños de nuestro planeta: los Tcho-Tcho, los Profundos y otros. Era un libro repleto de ciencia cabalística y de hechizos. En él se relataba una gran batalla interplanetaria entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, y cómo habían sobrevivido cultos y adeptos en lugares remotos y aislados de nuestro planeta, así como en otros planetas hermanos. No comprendí la relación que podía haber entre ese galimatías y el problema que a mí me preocupaba: la extraña e introvertida familia Potter, con su deseo de soledad y su forma antisocial de vivir. No sé cuánto tiempo estuve leyendo. Me interrumpí al darme cuenta de que, no lejos de mi mesa, había un desconocido que no me quitaba ojo sino para ponerlo en el libro que yo leía. Cuando se vio descubierto, se me acercó y me dirigió la palabra.

-Perdóneme -dijo- pero, ¿qué interés puede- tener ese libro para un maestro nacional?
-Eso me pregunto yo -contesté.
Se presentó como el profesor Martin Keane.
-Puedo afirmar -añadió- que me sé el libro ese prácticamente de memoria.
-Es un fárrago de supersticiones.
-¿Usted cree?
-Completamente.
-Entonces ha perdido usted la facultad de asombrarse. Dígame, señor Williams, ¿por qué motivo ha pedido ese libro?
Me quedé dudando, pero el profesor Keane me inspiraba confianza.
-Salgamos a. dar una vuelta, si no le importa.

Accedió con mucho gusto. Devolví el libro a la biblioteca y me reuní con mi reciente amigo. Poco a poco, y lo mejor que pude, le hablé de lo que pasaba con Andrew Potter, de la casa de la Hoya de las Brujas, de mi extraña experiencia psíquica, e incluso del curioso incidente de las vacas de los Dunlock. Escuchó hasta el final sin interrumpirme, lleno de interés. Por último, le expliqué que si investigaba acerca de la Hoya de las Brujas era únicamente por ayudar a mi alumno.

-Si hubiese usted indagado un poco, estaría al corriente de los extraños acontecimientos que han tenido lugar en Dunwich y en Innsmouth... así como en Arkham y en la Hoya de las Brujas -dijo Keane cuando hube terminado-. Mire usted en torno suyo: esas casas antiguas, sus ventanas cerradas hasta con postigos... ¡Cuántas cosas extrañas han sucedido en esas buhardillas! Pero nunca sabremos nada con certeza. En fin, dejemos a un lado los problemas de fe. No se necesita ver a la encarnación del mal para creer en él, ¿no le parece, señor Williams? Me gustaría prestar un pequeño servicio a ese muchacho, si usted me lo permite.
-¡Naturalmente!
-Puede resultar peligroso... tanto para usted como para él.
-Por mí, no me importa.
-Pero le aseguro que para el muchacho nada puede ser más peligroso que su situación actual; ni siquiera la muerte.
-Habla usted enigmáticamente, profesor.
-Es mejor así, señor Williams. Pero entremos... Esta es mi casa. Pase, por favor.

Entramos en una de aquellas casas antiguas de las que había hablado el profesor Keane. Las habitaciones estaban llenas de libros y antigüedades de todas clases. Me dio la impresión de que penetraba en un rancio pasado. Mi anfitrión me condujo hasta su cuarto de estar, despejó un silla de libros y me rogó que esperara mientras subía al segundo piso. No estuvo mucho tiempo ausente; ni siquiera me dio tiempo a asimilar la curiosa atmósfera de la habitación. Cuando volvió, traía consigo unas piedras toscamente talladas en forma de estrellas de cinco puntas. Me puso cinco de ellas en las manos.

-Mañana, después de la clase, si asiste el joven Potter, arrégleselas usted para que toque una de ellas y fíjese bien en su reacción -dijo-. Dos requisitos más: debe usted llevar una encima, en todo momento; y segundo, debe apartar de su mente todo pensamiento sobre estas piedras y sobre sus propósitos. Estos individuos son telépatas, poseen el don de leer los pensamientos.
Sobresaltado, recordé el reproche que me hizo Andrew de haber hablado de su familia con Wilbur Dunlock.
-¿No debo saber para qué son estas piedras? -pregunté.
-Siempre que sea capaz de poner entre paréntesis sus propias dudas -contestó, con una melancólica sonrisa-. Estas piedras son algunas de las muchas que ostentan el Sello de R'lyeh, que impide a los Primordiales huir de sus prisiones. Son los sellos de los Dioses Arquetípicos.
-Profesor Keane, la edad de las supersticiones ha pasado -protesté.
-Señor Williams..., el prodigio de la vida y sus misterios no pasan jamás -replicó-. Si la piedra no significa nada, no tiene ningún poder. Si no tiene ningún poder, no podrá afectar al joven Potter y tampoco lo protegerá a usted.
-¿De qué?
-Del poder que se oculta tras ese aura maligna que usted percibió en la Hoya de las Brujas -contestó-. ¿O también era superstición? -sonrió-. No necesita contestar. Conozco su respuesta. Si sucede algo cuando usted ponga la piedra sobre el muchacho; ya no podrá él volver a su casa. Entonces deberá usted traérmelo aquí. ¿Trato hecho?
-Trato hecho -contesté.

El día siguiente fue interminable, no sólo por la inminencia del momento crítico, sino porque me resultaba extremadamente difícil mantener la mente en blanco ante la mirada inquisitiva de Andrew Potter. Además, sentía más que nunca el aura de malignidad latente, como una amenaza tangible, que emanaba de la región salvaje, oculta en una hoya, entre sombrías colinas. Pero aunque lentas, pasaron las horas y, justo antes de terminar, rogué a Andrew Potter que esperara a que los demás se hubieran ido. Y nuevamente accedió con ese aire condescendiente, casi insolente, que me hizo dudar si valía la pena «salvarle» como tenía decidido en lo más hondo de mí mismo. Pero no abandoné mis propósitos. Había ocultado la piedra en mi coche y, una vez que todos se hubieron marchado, le dije que saliera conmigo. En ese momento, sentí que me estaba comportando de un modo ridículo y absurdo. ¡Yo, un maestro graduado, a punto de llevar a cabo una especie de exorcismo de brujo africano! Y por unos instantes, durante los breves segundos que tardé en recorrer la distancia de la escuela al automóvil, flaqueé y estuve a punto de invitarle simplemente a llevarle a su casa.

Pero no. Llegué al coche seguido de Andrew. Me senté al volante, cogí una piedra y la deslicé en mi bolsillo; cogí otra, me volví como un rayo y la apreté contra la frente de Andrew. Yo no sabía lo que iba a suceder; pero desde luego, nunca habría imaginado lo que realmente sucedió. Al contacto con la piedra, asomó a los ojos de Andrew Potter una expresión de extremado horror; inmediatamente siguió una expresión de angustia punzante, y un grito de espanto brotó de sus labios. Extendió los brazos, sus libros se desparramaron, giró en redondo, se estremeció, echando espumarajos por la boca, y habría caído de no haberle cogido yo para depositarlo en el suelo. Entonces me di cuenta del frío y furioso viento que se arremolinaba en derredor nuestro y se alejaba doblando la yerba y las flores, azotando el linde del bosque y deshojando los árboles que encontraba en su camino. Aterrorizado, coloqué a Andrew Potter en el coche, le puse la piedra sobre el pecho y, pisando el acelerador a fondo, enfilé hacia Arkham, situada a más de doce kilómetros de distancia. El profesor Keane me estaba esperando. Mi llegada no le sorprendió en absoluto. También había previsto que le llevaría a Andrew Potter, ya que había preparado una cama para él. Entre los dos lo acomodamos allí; después, Keane le administró un calmante.

Entonces se dirigió a mí:
-Bien, ahora no hay tiempo que perder. Irán a buscarle. Seguramente irá la muchacha primero. Debemos volver a la escuela inmediatamente.

Pero entonces comprendí todo el horrible significado de lo que le había sucedido a Andrew, y me eché a temblar de tal manera que Keane tuvo que sacarme a la calle casi a rastras. Aun ahora, al escribir estas palabras, después de transcurrido tanto tiempo desde los terribles acontecimientos de aquella noche, siento de nuevo el horror que se apoderó de mí al enfrentarme por vez primera con lo desconocido, consciente de mi pequeñez e impotencia frente a la inmensidad cósmica. En ese momento comprendí que lo que había leído en aquel libro prohibido de la biblioteca universitaria no era un fárrago de supersticiones, sino la clave de unos misterios insospechados para la ciencia, y mucho, muchísimo más antiguos que el género humano. No me atreví a imaginar lo que el viejo Hechicero Potter había hecho bajar del firmamento. A duras penas oía las palabras del profesor Keane, que me instaba a reprimir toda reacción emocional y a enfocar los hechos de un modo más científico y objetivo. Al fin y al cabo había logrado lo que me proponía. Andrew Potter estaba salvado. Pero para asegurar el triunfo había que librarle de los otros, que indudablemente le buscarían y acabarían por encontrarlo. Yo pensaba solamente en el horror que aguardaba a estos cuatro seres desdichados, cuando llegaron de Michigan para tomar posesión de la solitaria granja de la Hoya de las Brujas.

Iba ciego al volante, camino de la escuela. Una vez allí, a petición del profesor Keane, encendí las luces y dejé la puerta abierta a la noche cálida. Me senté detrás de mi mesa, y él se ocultó fuera del edificio, en espera de que llegaran. Tenía que esforzarme por mantener mi mente en blanco y resistir la prueba que me aguardaba. La muchacha surgió del filo de la oscuridad...

Después de sufrir la misma suerte de su hermano, y haber sido depositada junto al escritorio, con la estrella de piedra sobre el pecho, apareció el padre en el umbral de la puerta. Ahora estaba todo a oscuras. Llevaba una escopeta. No tuvo necesidad de preguntar lo que pasaba: lo sabía. Se plantó allí delante, mudo, señalando a su hija y la piedra que tenía sobre el pecho, y levantó la escopeta. Su gesto era elocuente: si no le quitaba la piedra, dispararía. Evidentemente, ésta era la contingencia que había previsto el profesor, porque se abalanzó sobre Potter por detrás, y lo tocó con la piedra. Después, durante dos horas, esperamos en vano la llegada de la señora Potter.

-No vendrá -dijo por fin el profesor Keane-. Es en ella donde se hospeda esa entidad... Hubiera jurado que era en su marido. Muy bien... no tenemos otra alternativa: hay que ir a la Hoya del las Brujas. Estos dos pueden quedarse aquí.

Volábamos a todo gas en medio de la oscuridad, sin preocuparnos por el ruido, ya que el profesor decía que «la cosa» que habitaba en la Hoya de las Brujas «sabía» que nos acercábamos, pero que no podía hacernos nada porque íbamos protegidos por el talismán. Atravesamos la densa espesura y tomamos el camino estrecho. Cuando desembocamos en el cercado de los Potter, la maleza pareció extender sus tallos hacia nosotros, a la luz de los faros. La casa estaba a oscuras, aparte el pálido resplandor de la lámpara que iluminaba una habitación. El profesor Keane saltó del coche con su bolsa llena de estrellas de piedra, y se puso a sellar la casa. Colocó una piedra en cada una de las dos puertas, y una en cada ventana. Por una de ellas, vimos a la señora Potter sentada ante la mesa de la cocina, impasible, vigilante, enterada, sin disimulos ya, muy distinta de la mujer que había visto no hacía mucho en esta misma casa. Ahora parecía una enorme bestia acorralada.

Al terminar su operación, mi compañero volvió a la parte delantera de la casa y, apilando unos montones de broza contra la puerta sin atender a mis protestas, pegó fuego al edificio. Luego volvió a la ventana para vigilar a la mujer, y me explicó que sólo el fuego podía destruir esa fuerza elemental, pero que esperaba salvar todavía a la señora Potter.

-Quizá sería mejor que no mirara, señor Williams.

No le hice caso. Ojalá se lo hubiera hecho... ¡y me habría evitado las pesadillas que perturban mi descanso hasta el día de hoy! Me asomé a la ventana por detrás de él y presencié lo que sucedía en el interior. El humo del fuego estaba empezando a penetrar en la casa. La señora Potter -o la monstruosa entidad que animaba su cuerpo obeso- dio un salto, corrió atemorizada a la puerta trasera, retrocedió a la ventana, se retiró, y volvió al centro de la habitación, entre la mesa y la chimenea aún apagada. Allí cayó al suelo, jadeando y retorciéndose. La habitación se fue llenando poco a poco de un humo que empañaba la amarillenta luz de la lámpara, impidiendo ver con claridad. Pero no ocultó por completo la escena de aquella terrible lucha que se desarrollaba en el suelo. La señora Potter se debatía como en las convulsiones de la agonía y, lentamente, comenzó a tomar consistencia una forma brumosa, transparente, apenas visible en el aire cargado de humo. Era una masa amorfa, increíble, palpitante y temblona como gelatina, cubierta de tentáculos. Aún a través del cristal de la ventana, sentí su inteligencia inexorable, su frialdad incluso física. Aquella cosa se elevaba como una nube del cuerpo ya inmóvil de la señora Potter; luego se inclinó hacia la chimenea, y se escurrió por allí como un vapor!

- ¡La chimenea! -gritó el profesor Keane, y cayó al suelo.
En la noche apacible, saliendo de la chimenea, comenzaba a desparramarse una negrura, como un humo, que no tardó en concentrarse nuevamente. Y de pronto, la inmensa sombra negra salió disparada hacia arriba, hacia las estrellas, en dirección a las Hyadas, de donde el viejo Hechicero Potter la había llamado para que habitara en él. Así abandonó el lugar en donde aguardara la llegada de los otros Potter, para proporcionarse un nuevo cuerpo en que alojarse sobre la faz de la tierra. Nos las arreglamos para sacar a la señora Potter fuera de la casa. Se encontraba muy débil, pero viva.

No hace falta detallar el resto de los acontecimientos de esa noche. Baste saber que el profesor esperó a que el fuego hubiera consumido la casa, y recogió luego su colección de piedras estrelladas. La familia Potter, una vez liberada de aquella maldición de la Hoya de las Brujas, decidió partir y no volver jamás por aquel valle espectral. En cuanto a Andrew, antes de despertar, habló en sueños de «los grandes vientos que azotan y despedazan» y de «un lugar junto al Lago de Hali, donde viven venturosos para siempre». Nunca he tenido valor para preguntarme qué era lo que el viejo Hechicero Potter había llamado de las estrellas, pero sé que implica unos secretos que es preferible no desentrañar y de cuya existencia jamás me habría enterado, de no haberme tocado el Distrito Escolar Número Siete y de no haber tenido entre mis alumnos al extraño muchacho que era Andrew Potter.